martes, 22 de agosto de 2017

"Manifestación del designio divino"


Ruinas del castillo de Salvatierra (Calzada de Calatrava)
“A primera hora de la mañana del 16 de julio de 1212, sobre las ondulaciones de la vertiente sur de Sierra Morena llamadas ‘Navas de Tolosa’ se alineaban los dos mayores y más poderosos ejércitos conocidos hasta la fecha en la Península Ibérica”, relata Martín Alvira Cabrer[1] en su tesis doctoral. A las órdenes del califa almohade, varios miles de hombres de diferentes razas y procedencias, pues aquel había convocado a todo al-Magrib, Ifriqiya y los países del Sur. El ejército cristiano estaba envuelto en cruces y con la bendición del “Señor de Roma”, expresión que corresponde al mismo califa. Allí estaban tres de los cinco reyes de España, las Órdenes Militares, las milicias de muchas ciudades e incluso tropas venidas de más allá de los Pirineos.

El obispo de Tui, entre otros, aseguró que Alfonso VIII de Castilla deseaba enfrentarse a los musulmanes para vengar la derrota sufrida en Alarcos (1195), y así mismo lo señala la más tardía “Primera Crónica General” de Alfonso X. El rey castellano decidió la batalla que se daría en las Navas de Tolosa en 1210, concibiéndola como “guerra justa de desquite” con un espíritu feudal y caballeresco. El autor de la tesis que aquí resumo ve aquí el concepto de “ultio”, el deseo de venganza que forma parte de la ideología feudal, y esa guerra está “consagrada por la divinidad”, porque esa misma divinidad había castigado a los cristianos en Alarcos.

El rey castellano, para preparar la batalla de 1212, hizo un deliberado esfuerzo diplomático y propagandístico a nivel continental, y concibió la campaña como ofensiva, todo lo contrario que en Alarcos. Aquí la batalla se dio en territorio cristiano, en Tolosa se dio en territorio musulmán. Los cronistas, durante la Edad Media, tendieron a personificar en los reyes los éxitos y los fracasos, sin tener en cuenta otros factores. De ahí que cuando los éxitos militares venían, los reyes eran perfectos, exaltados, verdaderos motores de la historia. Solo a partir de la “Crónica Najerense” y, sobre todo, desde la “Chronica Adefonsi Imperatoris”, la historiografía comenzará a dejar de ser casi exclusivamente biográfica, dice el autor al que sigo.

La repoblación castellana de Béjar se hizo en 1209 y la de Moya (al este de la actual provincia de Cuenca) en 1210, “para tener ocasión de hacer la guerra a los sarracenos”, según Lucas de Tuy. A partir de aquí se dio una ofensiva castellana por tierras de Baeza, Andújar y Jaén, “confiando en la misericordia de nuestro Señor Jesucristo”, dice la “Crónica Latina”, lo que apoyaba el papa al menos desde inicios de 1209. Por su parte el califa preparaba un enfrentamiento notable contra los cristianos, independientemente de las algaradas citadas sobre Andalucía. Pasó el estrecho con gran ejército, el puerto del Muradal[2] y asedió la fortaleza de Salvatierra, hoy en Calzada de Calatrava (Ciudad Real). Este asedio se dio en 1211, mientras que el castellano permanecía con su ejército cerca de Talavera. Grupos de musulmanes, entre tanto, arrasaban los alrededores de Toledo.

La caída de Salvatierra en poder musulmán hizo ver al rey castellano la necesidad de ser los cristianos los que ofendiesen en vez de defenderse, y estos hechos forman parte de esa “guerra feudal” que se desarrolla en toda la Cristiandad entre los siglos XI y XIII: continuas algaradas de rapiña, saqueos y caza de botín por un lado; ataques a fortalezas, asedios y tomas de plazas fronterizas, o como se dice en la Chanson des Lorrains: “La marcha comienza. Al frente están los exploradores e incendiarios. Tras ellos vienen los forrajeros cuyo trabajo es recolectar los botines y llevarlos al tren de bagaje principal. Enseguida todo un tumulto. Los campesinos, saliendo de sus campos, retroceden lanzando fuertes gritos. Los pastores reúnen sus rebaños y los conducen hacia los bosques vecinos… Los incendiarios ponen fuego a los pueblos y los forrajeadores los visitan y saquean…”.

Si hasta entonces Alarcos había sido la ofensa recibida que debía vengarse, Salvatierra, por la que “lloraron las gentes y dejaron caer sus brazos”, y la trascendencia de ello se comprueba en la “Crónica Regia de Colonia” (1175-1220) y en otras fuentes de la época. A la oportunidad de reconciliación –dice Alvira Cabrer- con el Dios vengador de 1195, se une ahora la “tuitio”, la obligación de origen feudal de proteger al débil. En la península Ibérica el “tiempo de guerra” era aún más intenso y cotidiano que en el resto de Europa. Guerra de religión y guerra de conquista, la actividad militar se basaba en el sentimiento de inseguridad y el peligro de la constante amenaza musulmana.

Aunque e Duero y Sierra Morena fueran las auténticas “fronteras” entre civilizaciones, entre la Sierra de Guadarrama y el Guadalquivir se extiende, entre 1086 y el primer tercio del siglo XIII, una “zone frontiére” –dice E. Lourie- de villas militarizadas –la Extremadura y la Transierra- donde la guerra es una actividad cotidiana que ordena la sociedad, rige la economía y orienta las conciencias.


[1] “Guerra e ideología en la España medieval: cultura y actitudes históricas ante el giro de principios del siglo XIII”, Universidad Complutense de Madrid, 2000.
[2] Al norte de La Carolina (Jaén) y al sur de Almuradiel ( Ciudad Real)

lunes, 21 de agosto de 2017

El Quartel de la Marina y la Montaña



Sierra de l'Aitana y valle del Guadalest

Parece ser que la sierra d’Aitana, al norte de la actual provincia de Alicante, formó parte de lo que, hasta bien entrado el siglo XVII, se denominó como indica el título. La sierrra d’Aitana está formada por dos alineaciones montañosas de oeste a este, convergiendo en la Marina Baixa, cerca de Polop y La Nucia. Al suroeste se extiende el Sistema Bético, del que la sierra d’Aitana forma parte.

Giménez-Font y Marco Molina[1] han estudiado las diversas transformaciones que este paisaje de media montaña mediterránea ha sufrido tanto por causas naturales pero, sobre todo, por la acción del hombre. Entre otros se han dado procesos de expansión de la superficie agraria, ganadería, incendios forestales, aprovechamientos madereros y repoblaciones. La relación entre el medio y las sucesivas civilizaciones que han ocupado las riberas del Mediterráneo, ha facilitado –dicen los autores citados- los estudios arqueológicos así como la biodiversidad de esta región. Llegan a la conclusión de que los agentes de perturbación son sobre todo obra de los seres humanos.

Una de las modificaciones que la sierra d’Aitana ha sufrido es la deforestación a causa de la ampliación del espacio agrario hasta hace unas décadas, pero también por la incidencia de los incendios forestales. La máxima degradación, en términos ecológicos, se alcanzó hace unos 150 años, lo que forma parte de la “degradación acumulativa” del paisaje mediterráneo, en lo que ha tenido también un papel el crecimiento demográfico.

Los autores llegan a la conclusión de que a finales del siglo XIII ya se dieron estados elevados de degradación al extenderse los cultivos y por el incremento de la población, con cambios significativos en la extensión y composición de la vegetación, lo que ha sido estudiado por el naturalista y botánico Antonio José Cavanilles en la segunda mitad del siglo XVIII.

La máxima altura de la sierra está a 1.558 metros sobre el nivel del mar (Aitana), pero también son picos relativamente importantes Penyo Molero (1.306) y Peñón Divino (1.148). Por entre las dos alineaciones montañosas discurre un valle bien perceptible, siendo la pendiente hacia el sur (Peña de Sella) la más pronunciada. Se dan contrastes destacables con respecto a los espacios circundantes en pluviometría, innivación y diversidad de ecótopos (medios físicos donde se desarrollan comunidades biológicas), la cual está relacionada con una intensa y antigua humanización.

Las rocas que predominan son calcáreas, con fosas tectónicas formadas por materiales blandos (margas), lo que ha permitido el aprovechamiento agrícola en terrazas. Hay tres cuencas fluviales: la del río Frainos, la del Guadalest y la de Amadorio, desembocando los dos últimos en el Mediterráneo, muy próximo, pudiéndose ver aquí un ejemplo claro de litoral mediterráneo adosado a estructuras montañosas.

La región se ha visto afectada históricamente por el comercio y la intensa humanización, que se ha adaptado a un clima irregular. La conquista cristiana en el siglo XIII supuso una nueva organización del espacio diferente a la que mantuviera la población morisca, muy abundante en términos relativos. Con aquella conquista, a pesar de ser mayoría, los moriscos quedaron reducidos a la marginalidad, que se acentuó cuando se vio como un peligro la actividad corsaria de los berberiscos. La implantación de la jurisdicción señorial fue muy importante, con alguna excepción como es el caso de Penáguila. Los musulmanes fueron reprimidos durante tres siglos, lo que provocó no pocas sublevaciones, deportaciones y la expulsión de 1609. En la región se dio la repoblación cristiana y las correspondientes cartas puebla durante la baja Edad Media; con ello cambios en el paisaje derivados de la evolución de la población, el tipo de poblamiento, las diversas jurisdicciones en unas zonas y otras y las variaciones en la economía. De ahí el impacto sobre la vegetación, los incendios, la expansión de los cultivos, la ganadería, tanto trashumante como transtermitante (corto recorrido), los aprovechamientos y las repoblaciones forestales.

La marginación de la población morisca desde el siglo XVI dio origen a movimientos migratorios, configurándose desde entonces unos 25 núcleos de población, de los cuales Penáguila y El Castell de Guadalest mantenían población cristiana (aproximadamente un 25% del toral). A partir del siglo citado se extendieron las roturaciones y se mantuvo una agricultura intensiva de regadío concentrada en los contornos de los poblados, con una relativamente escasa expansión del secano, aunque los casos estudiados por los autores dan una mayor superficie dedicada a este último. Según el censo de 1510, las actuales comarcas que conforman La Marina mantenían el mayor número de cabezas de ganado del sur del Reino de Valencia, siendo el Quartel de la Marina y las Montañas el tercer territorio en todo el Reino en importancia ganadera. Con la expulsión de los moriscos se abandonaron campos que tardaron décadas en volver a ser cultivados.

El paisaje, desde un tiempo relativamente reciente, ha sufrido cambios importantes, sobre todo por el abandono de la actividad agrícola, lo que ha llevado a medidas legales de protección, tanto por parte de la Unión Europea como de administraciones españolas.



[1] “La dinámica del paisaje en la Serra d’Aitana (Alacant, España): síntesis de transformaciones históricas en una montaña mediterránea (1600-20110)”.

sábado, 19 de agosto de 2017

Los mapas de calamidad


Tendilla (Guadalajara)
https://www.uam.es/personal_pdi/ciencias/depaz/mendoza/riada.htm
Desde el siglo XVI hasta la actualidad, la población ha pasado de considerar las catástrofes naturales, las riadas  control administrativo. En efecto, ha habido una pérdida de respeto creciente hacia lo ambiental con una y desbordamientos de los ríos, de fenómenos sobrenaturales, castigos divinos, a fenómenos naturales por una falta deocupación intensiva del territorio y la invasión de espacios con peligrosidad de inundaciones por grandes lluvias y/o desbordamientos de ramblas, arroyos y ríos. 
 
Los informes y memoriales elaborados tras una de estas catástrofes se remontan al siglo XVIII, pero la preocupación de las autoridades y de ciertos profesionales se remontan a la Edad Media. Hoy, la cartografía de riesgos naturales se ha convertido en un requisito legal en los procesos de planificación territorial. Las primeras cartografías del siglo XVIII dieron paso, en la segunda mitad del XX, a los mapas de peligrosidad basados en el estudio del comportamiento físico de los fenómenos naturales y, en España, solo desde hace unos años, comienzan a elaborarse mapas de riesgo.

El desconocimiento del funcionamiento de la naturaleza hace que el ser humano haya vivido, y vive, en un riesgo permanente, máxime en los últimos decenios, que han sido pródigos en la manifestación de episodios naturales de rango extraordinario, de consecuencias funestas para la población mundial. Los umbrales de tolerancia ante los riesgos de la naturaleza han disminuido por el propio crecimiento de la población y la ocupación intensiva del territorio. Se invaden espacios con peligrosidad bajo la premisa del desarrollo colectivo, pero hoy se tiende a relacionar los usos del suelo con la peligrosidad natural.

Los espacios fluviales, en España, son los más afectados por las grandes riadas y desbordamientos que se han producido y de los que tenemos noticia, de forma que cuando se levantaron los primeros mapas sobre ello se les llamó “mapas de calamidad”. Desde la Edad Moderna ha habido proyectos de encauzamiento de ríos o desviación de sus cauces para evitar riesgos en las poblaciones, casi siempre en zonas de clima mediterráneo, tanto en tramos bajos como medios y altos de los cauces. Estos mapas tratan de promover el acondicionamiento que luego se llevaron o no a cabo, uno de cuyos ejemplos es el desbordamiento de la rambla Fondonera en Daroca, para lo que en el siglo XVI se hizo un túnel por debajo del cerro de San Jorge que condujese las aguas del río Jiloca. La obra de la Mina de Daroca fue una de las más costosas realizadas en Aragón y dos siglos más tarde (1742) el ingeniero Sebastián de Rodolphe levantó un plano detallado de la misma.

Otro ejemplo son los trabajos de encauzamiento de la rambla de las Hoyuelas en Almansa, iniciadas en 1566 pero que tuvieron varias fases debido a la rotura provocada por las aguas en la avenida de mayo de 1570 y otras posteriores, finalizándose las obras en 1584. Importante fue también el proyecto de canalización del río Segura a su paso por Murcia (1785), en lo que intervino el conde de Floridablanca. El es proyecto más ambicioso de los realizados hasta entonces, encontrándose por primera vez el término “riesgo”, pero no se llevó a cabo, por lo que la ciudad de Murcia siguió en riesgo de inundaciones.

En el siglo XIX también se desarrollaron proyectos que nunca se llevaron a cabo en el momento de su planteamiento, sino más tarde: modificación de los cauces del Júcar y Segura, elaborados tras los desastres de 1864 y 1879 respectivamente. También se levantaron mapas de las llanuras aluviales del Júcar (1797) y Segura (primer tercio del s. XIX). Uno de los informes donde se describen las consecuencias de desbordamientos de ríos, arroyos, barrancos y ramblas es el Plano de la riera de Cánoves a su paso por Cardedeu, debido a las inundaciones que sufrió dicha población (1776); otro es el plano levantado por Josep Tormo en 1797 con los “derrames de las mayores avenidas” en el alto Vinalopó; también el mapa incluido en la Memoria sobre la inundación provocada por el Júcar en 1864 (ribera baja del río). Se trata de uno de los episodios más importantes en la cuenca del Júcar, con registro de caudales máximos calculados en torno a los 11.000 m3/seg. A consecuencia de esta avenida se formó una nueva desembocadura en el río a 1,4 km. al sur de la anterior, en Cullera. Dos años después se promulgó en España la primera Ley de Aguas (1868).

En la cuenca del Segura se produjo la “riada de Santa Teresa” en 1864, una de las más importantes de la segunda mitad del siglo XIX en España. Las intensas lluvias acumuladas en la cuenca, y sobre todo en el río más caudaloso, Guadalentín (alcanzó un máximo de crecida de 1.500 m3/seg.). Esta crecida llegó en siete horas de Lorca a Murcia. A raíz de este episodio y de la riada de la Ascensión en 1884, se celebró al año siguiente un congreso contra las inundaciones en la región de Levante, pero un proyecto de obras de defensa nunca se llevó a cabo.

A lo largo del siglo XX destacan la riada del Turia en 1957 a partir de una tormenta de otoño que dio por encima de 300 mm. en 24 horas sobre Valencia y las poblaciones próximas, cobrándose 86 vidas humanas. En 1962 se produjo una terrible inundación en la cuenca baja del río Llobregat, con 973 muertos o desaparecidos y 5.000 viviendas destruidas. En 1973 una descarga de lluvias torrenciales en el sureste dio una máxima diaria de 600 mm. en Albuñol y Zurgena. En la cuenca del Segura, la rambla de Nogalte, el río-rambla Guadalentín y el propio Segura se desbordaron y la inundación ocasionó enormes daños a la agricultura. En 1982 se rompió la presa de Tous por un desbordamiento “colosal” del Júcar en su tramo bajo, pero las mayores pérdidas económicas se dieron en las provincias vascas en 1983 por unas lluvias torrenciales en el noroeste de Navarra, Vasconia y oriente de Santander que dieron unos registros máximos de 500 mm. al día en la ría de Bilbao (Larrasquitu).

La crecida del Júcar en 1987 ocasionó una gran inundación en la Ribera Baja, con lluvias torrenciales que rebasaron los 800 mm. al día en algún punto del sur de la provincia de Valencia…

(Fuente: J. Olcina Cantos y A. Díez-Herrero, “Cartografía de inundaciones en España”).

jueves, 17 de agosto de 2017

"Muries" de villas en el noroeste de Hispania



Villa romana de Veranes

Parece que las minas del noroeste de Hispania dejaron de explotarse durante el primer tercio del siglo III, pero a juicio de Santos Yanguas no están claras las causas: agotamiento del mineral, falta de mano de obra, fin de la rentabilidad… El mismo autor señala que no es posible que la escasez de mano de obra esclava fuese una causa determinante, puesto que a lo largo del siglo II estas labores fueron realizadas ya por mano de obra libre. Una de las causas más sobresalientes fue la decadencia general del Imperio, mientras que continuó la reparación de calzadas y el encuentro de tesorillos durante el bajo Imperio parece demostrar que un cierto grado de explotación minera continuó.

Santos Yanguas considera que puede dividirse la ocupación romana del noroeste hispano en tres etapas: desde las guerras cántabras hasta mediados del siglo II, hasta el último tercio del siglo III y hasta la primera mitad del V, época en la que se desarrolló la mayor y más intensa colonización agrícola, a partir de la cual se produjo la tardía romanización del noroeste, pero esto no quiere decir que no se conservaran estructuras económicas propias de época prerromana y, en todo caso, no se extendieron por todo el norte los elementos más característicos de la vida urbana romana, el empleo masivo de mano de obra esclava, la propiedad privada y el uso de la moneda.

A partir del siglo II, pero sobre todo de los siguientes, aparecen abundantes villae, cuya existencia conocemos por sus posesores o dueños, que han perdurado en los nombres de lugar. Durante la última etapa la labor romanizadota, además, correspondió a la Iglesia, que se dio de forma casi exclusiva en le campo económico. Los fundos o villae fueron de pequeña o mediana extensión, contrariamente a lo ocurrido en otras partes de Hispania y del Imperio. La arqueología ha permitido descubrir lujosas villae en especial en la zona meseteña del territorio astur, con mosaicos y otros elementos, mientras que al norte de la cordillera Cantábrica la mayor parte son del siglo IV, pues no aparecen mencionadas por los escritores antiguos. Los nombres de lugar terminados en –ana han sido estudiados por C. Bobes.

Aunque la crisis que sufrió el Imperio desde el siglo III afectó a muchos aspectos, las villas del noroeste continuaron pujantes desarrollándose una vida agropecuaria a la manera romana. So ejemplos las de El Pedregal (Andallón), las Murias de Beloño (Celero), la Isla (Colunga), Campo de Valdés (Gijón), Cabruñana (Grado), Pauzana (Lugo de Llanera), Viella o Monte las Murias (Lugones), Lillo (en el Naranco), Paraxuga (Oviedo), Boiddes (Villaviciosa), La Magdalena de la Llera (Santianes de Pravia), las Murias de Ponte (Soto del Barco), Pumarín (Tremañes), Torre Vieja (Valduno), Mamorana (Lena) y Villarmosén, que cuando el autor al que sigo escribió su obra se encontraba sin localizar. Se cita a Veranes (Gijón) sin más porque quizá su excavación es posterior, pero su pervivencia dio una basílica paleocristiana.

La de Campo Valdés, por ejemplo, contó con termas anejas que se nos han conservado, siendo parecidas en importancia las de Tremañes, Pumarín y de Serín y Jove. De la villa de Boides se conservan noticias en época medieval, contando también con termas independientes. En Vega del Ciego (Lena) se ha descubierto un plano parcial que pudo ser en época medieval el lugar llamado castello Memorama. Se han conservado cuatro piezas principales separadas de dos en dos por un corredor central; la habitación más cercana al ábside podría ser el triclinium y algunos restos numismáticos y cerámicos se guardan hoy en el Museo Arqueológico de Oviedo.

En la ciudad de Oviedo pudo haber una villa de la primera mitad del siglo IV y en las proximidades de la capital, las villas de Folgueras (Lugones) y las de Liño, Villarmosén, Villamar y Constante, todas ubicadas en las faldas del monte Naranco, habiendo aportado la de Liño ciertos documentos epigráficos

En Tremañes de Abajo (Tineo) se han descubierto restos que delatan la existencia de una posible villa, e igualmente en Sobrerriba (Cornellana), todas ellas centros de explotación agrícola y ganadera cuyas actividades se extendieron, en algunos casos, a época visigoda. En Natahoyo, junto a Gijón, pudo haber otro centro de explotación agropecuaria, pues en las donaciones de reye medievales se encuentran con frecuencia alusiones a villas como las de Vellio, Vones, Fozana, Gotos, Liédena o Arbolies.

La mayoría en la actual Asturias se encontraban en la región litoral o en los diferentes valles fluviales, donde han perdurado formas del trabajo agrícola indígena y romano. En la meseta, en cambio, se encuentran más mosaicos, pero tanto en unas como en otras (al norte o al sur de la cordillera Cantábrica) se ha dado un tipo de agricultura intensiva muchas veces en manos de mujeres, sobre todo entre los astures augustanos. La mano de obra, más que esclava, fue semiservil o mediante colonos con un mayor o menor grado de libertad económica, pero dependiente de la familia dueña de las villas.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Derecho antiguo y rural

Palacio de Gobiendes en Colunga

Es muy interesante el trabajo de Amable Concha González (1) sobre la antropología jurídica en Asturias a partir de la obra de H. Maine, “Ancient Law”. Hay una serie de voces en el conjunto de costumbres jurídico-políticas asturianas: derrota, vecera, andecha, adras, sextafeira…, “costumbres, que todavía viven hoy en un rincón de nuestras montañas”. Las magnitudes ecológicas que deben tenerse en cuenta –dice el autor- son las poblaciones humanas, los animales domésticos, los espacios cultivados, el trabajo… Según F. Barth (2) las formas más territorializadas y políticas terminaron difundiendo sus estructuras a las más parentales y menos políticas si existía algún tipo de interdependencia.

 

En Asturias perduraron reminiscencias de una “constitución agraria indoeuropea”, de forma que lo primero es el valor de la costumbre como fuente del ordenamiento jurídico. Los conjuntos tumulares en los límites entre Riosa, Llena y Quirós, los de La Pasera (Noreña y Llangreu), La Paraza (Llangreu y Sieru), El Picaxu (Llangreu y Oviedo) así como otros, tienen su origen en la época del bronce, “aún reconociendo unos antecedentes megalíticos del proceso”. Incluso el autor señala que cuando el Derecho romano se impone, aún permanecen las costumbres ancestrles como leyes conviviendo con los magistrados per Asturiae et Gallaecia. Con Augusto se abolió el procedimiento de la legis actiones, que solo quedó en vigor para algunos casos, por lo que es dudoso que se aplicase el ius civile en la Asturias transmontana.

 

El segundo de los principios de las normas consuetudinarias es el valor fundante de la comunidad, que tiene un componente espiritual. El “común”, la asamblea comunal, busca una justicia armónica, con acuerdos plenamente consensuados que no conocen de mayorías y minorías. La regla de la mayoría no parece haber sido conocida por las primitivas asambleas indoeuropeas. El autor se pregunta si los pagi, vici, conciliabula, fora, son organizaciones preexistentes o contemporáneas de la ciudad-estado.

 

En principio poco hay que no pueda llevarse a conceyu, a concejo, como tampoco era posible “salvar” el voto cuando no se ha estado de acuerdo con la decisión adoptada. Las convocatorias no pretenden garantías, el orden del día o los sistemas de votación, sino el consenso social sobre los temas que atañen a la comunidad. En la práctica encontramos la prestación personal, que se entiende debida para con el patrimonio comunal: mantener plazas, caminos, manantiales, abrevaderos, fuentes, lavaderos, corrales, montes y riberas de los ríos… Cada vecino debe prestar personalmente el tiempo y el trabajo para la consecución de aquellos fines. Pero también el concejo puede decidir que el vecino arregle su casa, o los muros de sus propiedades si presentan un aspecto indecoroso.

 

El proceso de territorialización de los “linajes” permite la reproducción de los valores de estas organizaciones humanas, por lo que se llegó a dar una identificación entre comunidad y territorio. En cuanto a la condición de vecino, se era si se consideraba a cada uno como tal, pues podría darse el caso de alguien que no lo fuese por haberse avecindado recientemente o por no pertenecer a uno de los linajes vecinales; o bien no se dejaba de ser vecino cuando se emigraba a otro lugar (se volviese al de origen o no). Vale la frase es vecino quien puede... En cuanto al cristianismo, propugnó y defendió la comunidad.

 

Este derecho consuetudiario sobrevivió porque Roma no pudo ocuparse, con la misma intensidad, de extender sus leyes a todos los confines del imperio; pensemos en valles encajados, aislados, pequeñas comunidades alejadas de toda civitas. Roma empezó a considerar municipios a los que previamente eran ciudades en el sentido clásico del término.

 

La comunidad da por supuesta la obligación de participar en las asambleas y decisiones, así como aceptar los cargos públicos, desde los vistores elegidos por turnos rotatorios en las parroquias de Tinéu, Allande, Cangas e Ibias, hasta los alcaldes y celadores elegidos por el conceyu en la zona oriental de Asturias. Los sistemas de elección eran las suertes o rotación, que presumían la aceptación solidaria. Y esta solidaridad permitía una cierta redistribución de la renta. Cuando el concejo fija a priori los precios en que los vecinos que andechen habrán de pagar el kilogramo de res accidentalmente muerta a cada convecino, se establece un sistema de ayudas.

 

El predominio de la propiedad plural no fue óbice para que existiese la propiedad privada detentada por individuos y familias nucleares. De igual manera no debe confundirse la propiedad comunal (plural) con la pública.

 

(1)     “Una aproximación a la antropología jurídica de Asturias”.

(2)     “Los grupos étnicos y sus fronteras…”, F. C. E., México, 1976.

 

 

viernes, 11 de agosto de 2017

Astures contra Roma

Río Pisuerga en su curso alto

Carmen Fernández Ochoa considera que los enfrentamientos de los astures contra los ejércitos romanos estuvieron condicionados por los acontecimientos al sur de la cordillera Cantábrica (1). Esta autora cita a Floro, que a su vez habla de las incursiones devastadoras que hacían los cántabros sobre los pueblos de la meseta norte: vacceos, autrigones y turmógos. Queda por saber si los astures que asolaban la meseta del Duero eran los cismontanos o también los trasmontanos, porque lo cierto es que las dificultades físicas y las distancias no eran pocas.

 

Pero según los historiadores modernos, las causas de las guerras cántabras son varias: en primer lugar la riqueza minera de Asturias en un momento en que Roma necesitaba numerario, exhausta como estaba por la guerra mitridática, la piratería y los conflictos civiles protagonizados por jefes militares.

 

Asturias era rica en oro, malaquita y minio, hasta el punto de que Augusto ordenó que se explotase el suelo. También hubo motivos políticos y estratégicos, como el establecimiento de una frontera defensiva. Los historiadores clásicos que se han referido a las guerras cántabras son Dión Casio, Livio, Estrabón, Silio Itálico, Valerio Patérculo, Horacio y Orosio. Las fuentes arqueológicas son las monedas, sobe todo las de Carisio.

 

Otro aspecto discutido es el de algunos episodios militares, como la retirada del monte Vindius (Monte Blanco para algunos) (2) y la localización del monte Medulio, que algunos dicen en la desembocadura del Miño, otros en el Bierzo (entre las provincias actuales de León, Lugo y Ourense) y otros en el alto Miño. Entre las tre provincias actules citadas han aparecido el mayor número de monedas con la caetra. Parece haber acuerdo en que los galaicos no participaron en estas guerras cántabras, o quizá sí en el episodio del monte Medulio, que algunos dicen se produjo en 22 a. C. Roma estableció varios campamentos con el objeto de dominar una línea de 400 kilómetros: uno en Sasamón, otro en Astorga y otro en Braga. El historiador Syme sitúa lo más crudo de la guerra en Cantabria (año 26 a. C.) donde habría tenido lugar la batalla de Vellica, la actual Helechi (algunos la identifican con Monte Cildá). Este historiador –y otros le siguen- no admite que los ejércitos de los tres campamentos citados actuasen al mismo tiempo, pues también es partidario de excluir a Galicia en los enfrentamientos (en el alto Miño estaría la frontera entre galaicos y astures). A. Montenegro, por su parte, sitúa una importante batalla en Bergidum (cerca del actual Cacabelos, León). Después de la victoria de Monte Medulio los romanos establecieron un campamento en el lugar de la actual Lugo, base de la futura ciudad.

 

Tal importancia debió dar Augusto a la dominación del noroeste que decidió trasladarse  Hispania a fines del 27 o principios del 26. Ya en Tarragona, mandó abrir las puertas del templo de Jano, nombrando responsable de Lusitania a Publio Carisio. Augusto se dirigió a Cantabria estableciéndose en Sasamón, siguiendo una línea de penetración hacia el norte Pisuerga arriba y luego Besaya abajo. Luego parece que Augusto se dirigió contra Aracillum (Aradillos, en las fuentes del Besaya) con la ayuda de la escuadra desde el mar.

 

En el año 24 los astures o los cántabros, según relata Dión Casio, ofrecieron trigo al gobernador romano, pero dieron muerte a los soldados que se acercaron para llevarlo. El gobernador atacó a los indígenas venciéndoles y cortando las manos a los que fueron hechos prisioneros.

 

Los pueblos del norte estaban acostumbrados a luchar mediante guerrillas en zonas montuosas, no como los romanos, que preferían enfrentar batalla en llano. Los brigaecini de la zona de Benavente, por su parte, informaron a Carisio de las intenciones de los astures, que fueron vencidos y, los que pudieron escapar, se refugiaron en Lancia (Villasabariego), (3) pero Carisio sitió Lancia y la rindió.

 

En Cantabria aún habría un acto final que tuvo como protagonistas a los que habían sido vendidos como esclasvos en la Galia que, vueltos a su tierra, atacaron a los campamentos romanos. Es difícil saber que grupos étnicos fueron los protagonistas de este último acto de guerra, al igual que otros anteriores: las etnias protohistóricas se extendían desde el Cantábrico hasta el Bierzo, con Aracillum al este y el Miño al oeste. La autora a la que sigo señala que “es muy posible que los astures trasmontanos participaran activamente en las Guerras Cántabras, ayudando unas veces a sus vecinos del sur”, lo que parece indicar que el grueso de la oposición vino de los astures y cántabros cismontanos, así como serían estos los que atacaban a los pueblos cerealeros del Duero.

 

Sin descartar otros levantamientos indígenas después del 19 a. C., lo cierto es que Roma se dispuso a explotar las riquezas mineras estableciendo en el norte tres legiones, en tiempos de Tiberio, la VI Vixtrix en Lugo, la X Gemina en Rosinos de Vidriales y la VI Macedónica en Segisama.

 

(1)     “La conquista de Asturias por los romanos”, Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, núm. 104.

(2)     Algunos dicen que se trata de las sierras de Híjar, Coriza, Peña Labra.

(3)     No hay acuerdo sobre la localización de Lancia (si en la actual provincia de León o en la de Zamora).

 

 


 

miércoles, 9 de agosto de 2017

Protestantes en Portugal

Plaza del Rossio (Lisboa)

Antes incluso de que estallase la gran reforma religiosa que supuso la doctrina de Lutero y otros, ya en 1508 el rey Don Manuel dio una Carta de ley a Jacob Crowberger contra los libros considerados heréticos. Este impresor alemán afincado en Sevilla, debía tener contactos comerciales con Portugal, porque de lo contrario no se explica la acción del rey Don Manuel, o bien la vecindad de Sevilla hacía que Crowberger estuviese con frecuencia en Portugal. Entre 1520 y 1540 António Pereira Marramaque escribió varias obras de propaganda evangélica. En 1545 Damiâo de Góis, seguidor de Erasmo de Rotterdam, fue denunciado a la Inquisición como luterano por el jesuita Simâo Rodrigues. Damiâo de Góis fue un gran conocedor del cristianismo etíope que se mantuvo al margen de la autoridad romana, pero relacionada con el cristianismo bizantino.

 

Estos son los primeros testimios que aporta Joâo Francisco Marques en su obra “Para a história do protestantismo em Portugal” (1). En 1547 Fernâo de Oliveira, a su regreso de Londres, intenta formar en Lisboa un grupo de reformados, lo que le costará cárcel hasta 1551. Oliveira fue un fraile dominico dedicado, sobre todo, a la gramática, a la navegación y a la condena de la esclavitud, pero sus posiciones heterodoxas en materia religiosa le trajeron las complicaciones señaladas. En este último año buena parte de las obras de Gil Vicente se incluyen entre los libros prohibidos en el “Índice”.

 

Ya en el siglo XVII (1641) se estabece en Lisboa una Iglesia holandesa reformada, mientras que un tratado luso-inglés reconoce la libertad de conciencia a los súbditos británicos en Portugal, siempre que ejerzan su religión en la intimidad. Poco después Joâo Ferreira de Almeida ingresa en la Iglesia reformada de lengua portuguesa existente en Batávia (actual Yakarta). Años más tarde (1658) será sometido a examen en materias teológicas y en 1681 publica en Amsterdam su versión del Nuevo Testamento. Al año siguiente se publica un Libro de Oración Común para las iglesias portuguesas en la India.

 

A pesar del tratado luso-inglés que permitía a los ingleses la libertad de conciencia en los dominios portugueses, el cónsul británico Maynard fue llamado por la Inquisición, acusado de promover reuniones de culto anglicano en una casa junto al Rossio (Lisboa).

 

Entre 1706 y 1737 una colonia de daneses formaron en la costa de Coromandel (2) una misión evangélica en lengua portuguesa y en 1733 se tiene noticia de la existencia de una logia masónica en Lisboa formada por protestantes, existiendo otra constituída por católicos. La Inquisición, entre tanto, siguió con su labor represiva y apresó en Lisboa al protestante suizo Jean Coustos, siendo liberado mediante pago, y Joâo Baptista Richard, mediante tortura, reniega de la fe evangélica.

 

Obviamente, renegar formalmente de una fe no significa abandonarla íntimamente, pero aunque así fuese, mientras unos salen otros entran, pues Francisco Xavier de Oliveira ingresó, en 1746, en la Iglesia anglicana, publicando años más tarde en Londres “Discursos patéticos", lo que le valdrá ser quemado en efigie en Lisboa por la Inquisición, en 1753 se termina la impresión portuguesa de la Biblia, obra de Ferreira de Almeida y en 1760 el futuro marqués de Pombal rompe las relaciones con el Vaticano. Dos años más tarde llegará a Lisboa el Conde de Lippe, cristiano luterano.

 

Manuel Pedro Cardoso considera que uno de los factores que perjudicaron al protestantismo portugués fue su radicalismo anticatólico y otro el escaso espíritu comunitario. Según este autor el protestantismo en Portugal se desarrolló más como oposición al catolicismo que en un sentido positivo, aportando la singularidad de la doctrina reformadora. En otro sentido, el mismo autor señala que los protestantes portugueses –sobre todo los notables- adaptaron el protestantismo a sus convicciones más que a las necesidades del grupo susceptible de seguirlo.

 

(1)     Es el coordinador de una obra colectiva.

(2)     Es una península al norte de Nueva Zelanda.