domingo, 10 de diciembre de 2017

Los ministros de la II República española



Estudiar la sociología de un grupo elitista (clero, ministros) es algo a lo que nos tiene acostumbrados el profesor Cuenca Toribio, solo o en compañía de algún colaborador. Aquí hacemos un resumen de su estudio sobre los ministros de la II República española[1].

En primer lugar destacan las líneas reformistas de la actuación de muchos de aquellos ministros (89), los intentos renovadores y las “lagunas y manchas” sobre todo por la no realización de proyectos planteados. Los autores notan de falta sólidas monografías sobre los personajes –al menos los más sobresalientes- de la II República española, hasta el punto de que en alguna obra, de Marcelino Domingo y Emilio Palomo se dice tan solo que fueron “diputados escritores”. De los 89 ministros del régimen, 59 (dos tercios del total) fueron del bienio conservador, y considerando el total citado, la edad media de acceso al ministerio republicano fue 51 años, es decir, en un momento de madurez vital e intelectual, algo muy parecido a lo que ocurre con el episcopado. Cuatro accedieron al ministerio a edades inferiores a los cuarenta años; por ejemplo Gil Robles (37); los de más edad fueron Portela Valladares y Alejandro Lerroux (68 y 67 respectivamente).

Tres habían sido ministros durante la monarquía anterior: Alcalá Zamora, Portela y Chapaprieta, pero los autores consideran la edad que tenían cuando accedieron a los ministerios en época republicana. No existe, por tanto, relación entre la brusquedad que significó el advenimiento de la II República y la juventud de sus elites. En cuanto a la edad de fallecimiento, la media está en 72 años, por lo tanto muy parecida a la de otros muchos colectivos elitistas de la época, pero este dato debe ponerse en relación con el hecho de que once ex ministros fueron víctimas de la violencia que les llevó a la muerte, ocho asesinados en zona republicana y tres en zona ocupada por los militares golpistas. Este dato tampoco debe engañarnos, pues a la superioridad numérica del cuadro ministerial conservador hace que –en una época cainita como es una guerra- “le correspondan” más muertes violentas. Además, a muy pocos les sobrevino la sedición militar en el territorio controlado por esta, lo que puede explicarse porque Madrid, Barcelona y el norte tardaron en caer bajo dominio de los levantados.

En cuanto al origen geográfico de los ministros a la cabeza está Andalucía (14), lo que no es extraño porque representaba casi el 20% del total de la población nacional; le sigue Castilla la Nueva gracias a Madrid (12 y algo más del 12% de la población nacional) y Cataluña (13 y algo más del 11% de la población nacional), pero Asturias y Galicia aportaron ocho ministros cada una. Así las cosas, la importancia de las regiones mediterráneas sobresale en esta materia (aunque en el caso de Andalucía sea Sevilla la que más ministros aporta, seguida de Málaga). A pesar del arraigo y poder de las oligarquías andaluzas, las elites intelectuales y políticas respaldaron casi por completo al régimen de 1931, siendo los ministros representantes de los estratos liberales de la burguesía urbana andaluza.

La cuna del republicanismo hispano, Cataluña, no podía faltar aquí, mientras que en el caso de Valencia, donde el republicanismo blasquista podría hacer pensar otra cosa, la mayor parte de los ministros lo fueron en el bienio conservador, y lo mismo ocurre con Galicia. Si tenemos en cuenta la importancia de Asturias y Galicia, tenemos –dicen los autores- la importancia periférica de los cuadros dirigentes, anticlericales muchos, incluso volterianos menos y universitarios. Canarias aportó, entre otros, la figura sobresaliente de Juan Negrín, primer ministro en los dos últimos gobiernos durante la guerra.

Así cabe hablar de la “apertura mental” y fuerte presencia de elementos “heterodoxos” –librepensamiento, masonería- entre el personal de que tratamos. El predominio de la CEDA en el antiguo reino de León fue evidente, y otro caso es Aragón, donde ciertas tenencias de la burguesía radical y la fuerza de su proletariado, le caracterizan en la época.


[1] “Sociología de los ministros de la Segunda República” (en colaboración con Soledad Miranda García).

martes, 5 de diciembre de 2017

1936: mexicanos y españoles

Manifestación en el Zócalo mexicano (1938)


El 26 de julio de 1936 publicaba “El Nacional”, periódico mexicano, un artículo titulado “La lucha civil en España”, donde decía que el ejército, los terratenientes y la Iglesia pretendían restaurar la monarquía en España. No podía imaginar el editorialista que uno de los generales sublevados se “eternizó” luego en el poder y sí, en efecto, con la ayuda de la Iglesia y los terratenientes, entre otros. 
 
El que era entonces embajador de España en México, Gordón Ordás, se empleó en un combate periodístico y como orador para defender a la República española, en lo que tuvo como opositor al periodista Querido Moheno, particularmente en el mes de agosto, por lo tanto a poco de estallar el conflicto en España. En una de las conferencias –dice J. A. Matesanz[1]- las interrupciones por parte de estudiantes de uno y otro signo fueron tantas que a duras penas pudo empezar Ordás su discurso y terminarlo. En otro orden de cosas el embajador consiguió aviones y artillería para auxiliar al ejército republicano español, aunque no hay constancia de que llegasen a ser efectivos. 
 
Ordás había llegado a México en 1936 y pronto vio la división de la colonia española en el país, donde unos apoyaban a los sublevados y otros a la República, pero en conjunto formaron una asociación para ayudar a la Cruz Roja Española, mientras que los españoles más adinerados en México enviaron dinero al general Mola. En respuesta a esto se formó el Frente Popular Español en México, al que saludó Ordás recordando que seis años antes había estado en el país americano como veterinario en una visita científica. 
 
Otra cosa fue la situación de los mexicanos que vivían en España en 1936: casi todos pudieron huir del país, pero algunos pasaron situaciones apuradas, como es el caso del encargado de negocios en Portugal, David Cosío Villegas, que había desembarcado en Vigo el 16 de julio, dos días antes de comenzar la guerra. Teniendo que entrevistarse con el embajador de México en España, que veraneaba en San Sebastián, fue detenido por unos milicianos en León a las seis de la mañana, consiguiendo ser atendido al pedir hablar con el Gobernador Civil, afecto al gobierno republicano. Siguió entonces camino hacia Santander que –como ocurrió- se suponía fiel a la República, por carreteras secundarias, donde fue detenido repetidamente, con su familia, en varios pueblos por grupos de campesinos armados. Una y otra vez alegó ser mexicano enviado por su gobierno, lo que le fue salvando, pues muchas de aquellas familias del norte de España tenían o habían tenido emigrantes en México. Una vez en Santander consiguió salir en un barco alemán hasta Bayona. 
 
Otros mexicanos que se encontraban en España se incorporaron al lado de la República, pero la mayoría abandonaron el país en los trenes puestos a su disposición por el gobierno de Giral, que no solo comprendió la situación de los extranjeros en España sino que quiso dar la sensación de normalidad y seguridad para ellos y ante sus gobiernos respectivos. 
 
Ya el 19 de julio el Partido Nacional Revolucionario de México se adhirió al gobierno republicano mediante un comunicado donde hablaba del “régimen socialista” español y comparó el levantamiento militar con lo ocurrido en México en 1913 (golpe de estado de Victoriano Huerta y el asesinato de Madero). Por su parte, la Confederación de Trabajadores de México, fundada en el mismo año 1936, envió a la UGT un mensaje de solidaridad. Lo mismo hizo la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios a Azaña: “enviamos Frente Popular nuestros ardientes deseos de triunfo sobre reacción fascista” (28 de julio). Mensajes de solidaridad enviaron a España otras organizaciones de estudiantes, profesores y trabajadores. 
 
Tan polarizada estaba la sociedad mexicana como la española, hasta el extremo de que en un mitin se tomó la decisión de armar a la población: Vicente Lombardo, secretario general de la Confederación de Trabajadores de México, explicó que no era extraño que los derechistas españoles en México se solidarizasen con los levantados en España, ya que en aquel país esperaban hacerse ricos “reencarnando el antiguo espíritu del encomendero”. García Urrutia, del Partido Comunista de España en México, denunció la existencia de Falange Española en dicho país y en otro mitin se llegó a decir que “la suerte de la actual humanidad se juega… en la encarnizadísima contienda que sangra a España”. También que “si España se convierte en fascista… adoptará en México su primitivo sentido de odio hacia una nación hermana…”. 
 
Necesitando armas la República española, pues parte de ellas habían caído en manos del ejército sublevado, México actuó de intermediario para este objetivo, de forma que el embajador Gondón Ordás se puso en contacto con traficantes de armas de Estados Unidos, país que tenía un acuerdo comercial con España, pero desde 1935 estaba prohibido vender armas a países en guerra como muestra de neutralidad. 
 
Uruguay incluso propuso una mediación de Estados Unidos para un alto el fuego en España, pero su gobierno no lo aceptó de acuerdo con su política de aislacionismo que era tradicional, aunque esta no hubiese sido posible en 1917 como no lo sería en 1941. Así las cosas, TEXACO envió petróleo y gasolina a puertos controlados por los sublevados en España, pues dichos productos no estaban dentro de la prohibición, mientras que el Gobierno español envió agentes a Estados Unidos para contribuir a los esfuerzos del embajador en México, el cual consiguió la mediación del Presidente Cárdenas para que se vendiesen a la República española 50 aviones bombarderos, bombas, 5.000 ametralladoras, 20 aviones comerciales convertibles en bombarderos y otro armamento.
 
Todo se preparó para que un buque saliese con el armamento del puerto de Nueva York en dirección a México, pero la posición del gobierno de Estados Unidos –quizá influido por el Reino Unido- cambió respecto de la República española y se puso en su contra. El 6 de enero de 1937 el buque “Mar Cantábrico” sale de Nueva York hacia Veracruz y de aquí hacia España, pero tras muchas vicisitudes, el armamento nunca llegó a manos de la República española.


[1] “Las raíces del exilio”, 1999 (fuente para el presente artículo).

viernes, 24 de noviembre de 2017

Manuel Azaña según Santos Juliá



Azaña joven

Para Santos Juliá –y no será el único- releer a Azaña es un placer, pues “decía el castellano maravillosamente”, como nadie, al tiempo que nadie ha tenido tanta contención en sus discursos, y así es más fácil entender la conmoción que experimentó Amadeu Hurtado[1] cuando Azaña cerró su intervención parlamentaria sobre el estatuto de Cataluña: “saludar jubilosos a todas las auroras que quieren desplegar los párpados sobre el suelo español”; también María Zambrano se emocionó recordando a Azaña cuando, en Valencia, avanzada la guerra, este había dicho: “Vendrá la paz y espero que la alegría os colme a todos vosotros. A mi no”.

Azaña –dice Santos Juliá- creó una política a partir de saberes, de lecturas y de voluntad, lo habló todo y en él se resume el ideal reformador de la tradición liberal española (liberal aquí no en el sentido económico, sino en el amor por la libertad para que todos pudiesen disfrutar de ella y conseguir sus legítimos objetivos). Nuestro hombre se empeñó en el envío incesante de mensajes al Comité de Londres y a la Sociedad de Naciones para que se comprendiese que la guerra de España tenía un componente internacional que arrastraría a toda Europa; pero al mismo tiempo en Azaña se han visto sus advertencias de que no se trata de exterminar al enemigo, sino de conseguir vivir juntos aunque con intereses distintos, incluso antagónicos.

Por eso se dice que en muchas ocasiones invocó la paz, y todo ello se le pagó siendo el que más saña sufrió tanto durante su ejercicio político como por parte de los vencedores en la guerra durante décadas. Hasta después de su muerte siguió un proceso abierto y se multó a sus descendientes con cien millones de pesetas impuestas por el Tribunal de Responsabilidades Políticas.

Cuando joven militó en el Partido Reformista de Melquíades Álvarez y compaginó esto con su paso por la Academia de Jurisprudencia y el Ateneo de Madrid, pero en torno a 1923 sintió la frustración de ver que aquel partido no era lo que él ambicionaba para España. De él se ha dicho que, en esa época, había sido un “señorito benaventino”, pero Santos Juliá desecha esta idea recordando al doctorando a partir de las clases de Giner de los Ríos, y se empapa de autores franceses en un momento en que observa que ha aparecido la masa como sujeto de la historia.

Pero su labor intelectual había comenzado mucho antes, pues en 1903 intentó su primera y fallida obra “La aventura de Jerónimo Garcés”, en la que se trasluce la herida profunda de la muerte de su madre. Luego vendrían “El jardín de los frailes” y “La velada de Benicarló”. Solicitó y consiguió una pensión de la Junta para Ampliación de Estudios yéndose a París para pasar unos meses y frecuentar la biblioteca de Sainte Geneviève, enviando artículos a España. Pero en política él mismo se tildó de “reformista indolente”, lo que Santos Juliá desmiente, pues nos ha dejado mucho sobre el problema de España, los orígenes de su decadencia, los caminos para su retorno a la corriente general de la civilización europea. Así, se remontó al Siglo de Oro y llegó a la conclusión de que la nación es una “invención” moderna y que las raíces de la modernidad española no había que buscarlas en aquel “siglo”, sino en la España de Alfonso XI (será porque consideró la importancia del “Ordenamiento de Alcalá” -1348- verdadero compendio legislativo para la Corona de Castilla). En esto no se diferencia de sus predecesores de la generación del 98, que hicieron hincapié en el papel hegemónico de Castilla en la construcción de España.

Propugnó alejarse del “nacionalismo de tizona y herreruelo”; consideró que la España de los Austria fue una distorsión de la historia, y que la revuelta comunera fue la primera revolución moderna, en lo que coincide Tierno Galván.

Azaña, según Santos Juliá, fue un francófilo jacobino que simpatizó con los aliadófilos durante la primera gran guerra, pero no participó del centralismo de los revolucionarios franceses: rechazó el modelo jacobino cuando se discutió el Estatuto de Autonomía de Cataluña, el primero. Nuestro autor, por otra parte, fue capaz de abarcar una enorme variedad de temas objeto de sus inquietudes intelectuales y políticas, por lo que nada que ver con el “gris y rencoroso funcionario” que algunos le han atribuido desde posiciones cercanas al odio o al desprecio.

Los opositores que han acusado a Azaña de “golpista y revolucionario” no han podido aportar ni una sola prueba de lo primero, y dan a lo segundo un significado peyorativo que no tiene objetivamente hablando. Fue Azaña revolucionario en la medida en que pretendió revolucionar instituciones como el ejército atrasado y adoctrinado de España, que pretendió descentralizar el poder, que pretendió ahondar la democracia hasta niveles desconocidos en España entonces.

En cuanto a sus relaciones con el Presidente Negrín, desde que este dirigió el esfuerzo de guerra contra los militares golpistas y sus seguidores, cada uno tuvo su personalidad, más realista la de Azaña, más idealizada la de Negrín, que no obstante quiso buscar la paz de forma honrosa sin conseguirlo. Cuando se recorren los discursos y diarios, además de las entrevistas con embajadores y periodistas, vemos a Azaña –dice Santos Juliá- que no fue “prisionero de Negrín”, pero sí hombre que, conocedor de la situación de la República durante la guerra, quiso ahorrar sufrimiento a su pueblo y pronunció postreramente aquellas palabras que le sitúan entre los justos: “Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, [el subrayado es mío] sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por una ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”.


[1] Político de formación jurídica autor de un discurso en 1933 cuyo título es “La intervención del estado en nuestro régimen de autonomía”.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Melilla y el Rif

Paisaje rifeño


Francisco Saro Gandarillas[1] considera que las campañas militares llevadas a cabo por España en el norte de África, durante el primer tercio del siglo XX, han tenido una decisiva influencia sobre la ciudad de Melilla, puerto y base de aquellas campañas, pues no existía otro puerto practicable entre Nemours (Argelia) y Ceuta. Los intereses de Francia y de otros estados como Reino Unido y Alemania hicieron el resto. Melilla fue “peldaño inevitable” en la escalada política, diplomática y militar hacia la intervención y el origen de los hechos acaecidos en julio de 1909.

Hacia 1860 Melilla, más bien una plaza militar, fue centinela avanzada en el Magreb y a la vez presidio. Con motivo de la campaña de Tetuán (1859-60) se produjo un cambio significativo en las expectativas de la ciudad, pues ratificado el tratado de paz con Marruecos (1860) volvieron a poder de España los antiguos fuertes perdidos a finales del siglo XVII. El territorio conseguido tuvo que ser ocupado y, para contribuir a ello, se aprobó una ley en 1863 declarando a la ciudad puerto franco, lo mismo que Ceuta y Chafarinas, y en 1872 Peñón de Vélez y Alhucemas. Se permitió el acceso a Melilla a todo tipo de población, incluso extranjera, que se dedicara al comercio. Así varió el número de habitantes (en 1863 podía haber unos 400 además de la guarnición y en 1893, 3.031) en un territorio de 12 kilómetros cuadrados.

Los recién llegados fueron sobre todo hebreos procedentes de Tetuán y su tierra, que habían sido represaliados por las autoridades marroquíes tras la guerra de 1860 por su colaboración con las tropas españolas. Estos hebreos pusieron en marcha un comercio antes inexistente de importación y exportación, no obstante los inconvenientes de una plaza militar que actuó de freno, pues estuvo casi en constante estado de guerra. Melilla contaba entonces con una pequeña guarnición militar y, sobre todo, la inseguridad jurídica retraía sobre la propiedad, entregada a censo, retraía a muchos. De todas formas se hundió el pequeño comercio que Francia llevaba a cabo y Melilla fue acaparando el comercio desde el Tafilat[2], por el valle del Muluya[3], hasta Uxda[4] y el Dahra[5].

En 1875 el total de mercancías entre importaciones y exportaciones llegó a 1.534 toneladas y a finales de los años ochenta el comercio de Melilla se iba extendiendo hacia el este y sur marroquí, hasta sobrepasar la zona de Uxda, Beni Mathar[6] y el Dahra, quejándose los franceses de que Melilla acaparaba el comercio al este del Muluya, mientras que los españoles consideraban que era Argelia la beneficiaria. Así se llegó a un convenio suscrito con Marruecos en 1894 por el que se ponía fin al conflicto conocido como guerra de Margallo, nombre del gobernador de Melilla que se ocupó de la lucha contra las cabilas entre 1893 y 1894.

Como queda dicho había un rival del comercio melillense en Argelia, pero una vez que se repatriaron las tropas que habían actuado en Melilla en el conflicto de Sidi Guariach[7] en 1894, el comercio volvió a crecer y luego se expulsó a buena parte de la gente que se consideró maleante. Volviendo al comercio, los productos procedentes de España apenas contaban en el total, pues no podían competir con los extranjeros, pues las comunicaciones con la península eran escasas e inestables, mientras que aquel estaba en buena medida en manos hebreas, que comerciaban con Francia y Gibraltar. No obstante el comercio español creció bastante desde 1893 y, de forma muy genérica –dice el autor citado- y con variabilidad según los años, el comercio por Melilla era en un 40% procedente de Francia, un 35% de Inglaterra, un 15% español  y el resto de otros países incluido Marruecos. A esto contribuyó el aumento de la guarnición española, que de 1.560 hombres que había en 1893, pasó a 2.446 desde el momento en que se creó el nuevo regimiento de infantería de Melilla, lo que trajo consigo un aumento de los ingresos fiscales.

Al dar comienzo el siglo XX empezaron las dificultades para Melilla, ya que su comercio acaparaba todo el comercio desde el Tafilalt (al este del actual Marruecos) y por el valle del río Muluya; incluso Uxda, ciudad en la frontera argelina, recibía la mayor parte de sus productos de Melilla: las cabilas cercanas a Argelia preferían dirigirse al mercado melillense a pesar de que debían atravesar territorios de otras cabilas que exigían el pago de “zettat” (peaje) en lo que demostraban la nula conciencia nacional que tenían.

En 1893 hubo un intento de convertir la ciudad argelina de Marnia en una nueva Melilla, pero sin resultado y en 1896 una franquicia para mercancías en tránsito hacia Marruecos y los oasis saharianos de azúcares, cafés, tes y alcoholes para perfumería y farmacia quiso combatir el casi monopolio melillense en la zona. En  1899 las Cámaras de Comercio de Argel y Orán dieron la voz de alarma y se intensificó el trabajo de explotadores franceses en Melilla para observar lo que procedería hacer por parte de Francia, cuyos precedentes estaban en Duveyrier, explorador y geógrafo del Sahara; Moulieras, estudioso de los habitantes y costumbres de la zona y otros. Así, en 1901 las Cámaras francesas aprobaron la creación de “depósitos francos” en Marnia y Beni Unif, primer paso hacia un desplazamiento del comercio a favor de los intereses franceses.


[1] “Los orígenes de la Campaña del Rif de 1909”.
[2] Región y oasis mayor de Marruecos, hoy al este del país.
[3] Con más de 500 km. de longitud, nace en el Atlas Medio y desemboca en el Mediterráneo.
[4] Al nordeste del Rif, en el interior, hoy es una aglomeración importante de habitantes.
[5] En la costa argelina.
[6] En el extremo nordeste de Marruecos actual, pero no en la costa.
[7] En el contexto de la guerra de Margallo, donde al servicio de España lucharon convictos entre otros.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Comerciantes genoveses en Granada



Huéscar (Granada)

Entre Ronda, Osuna y Córdoba, el campo de Montiel, Jumilla y el puerto de Cartagena, se desenvolvió, durante la Edad Moderna, un importante tráfico comercial cuyos protagonistas fueron genoveses y otros italianos, formándose verdaderas dinastías de comerciantes que tuvieron como centro la ciudad de Granada, pero también la villa de Huéscar, en el extremo norte de la actual provincia.

El tema ha sido estudiado por Rafael María Girón Pascual[1] en su tesis doctoral, donde se pone de manifiesto que no toda la colonia que se entendía por genovesa estaba formada por naturales de la ciudad ligur, sino que también había lombardos y de otros lugares de Italia, aunque la mayoría sí fuesen genoveses. No todos los que residieron en el Reino de Granada fueron mercaderes, a donde llegaron a partir de los puertos de Cartagena y Alicante o mediante la costa granadina; muchos eran criados, artesanos o de otros oficios, pero muchos se naturalizaron españoles cuando comenzaba el siglo XIX.

Uno de los pertenecientes a una importante familia de mercaderes se afincó en la villa de Torvizcón, cerca de la costa, a finales del siglo XVII y otros se dedicaron a la medicina, el derecho y la política, sobre todo a partir de 1875. Otro fue platero, que emparentó con farmacéuticos, médicos, literatos e historiadores, pero la mayoría fueron mercaderes siguiendo la tradición comercial de Génova, que se remonta a la Edad Media y que abarcó las actividades financieras. Un memorial de 1575 habla de 25 casas de genoveses en Granada, en las que vivirían doscientas personas que comerciaban con sedas, lanas, especias, paños, lienzos, ganados y otras mercaderías. El mismo documento habla de los que estaban avecindados y solo eran ocho, uno de ellos “veinticuatro”; se trataba de grandes mercaderes que aparecen repetidas veces en la documentación consultada por el autor.

La lana tenía como principal destino Italia y los protocolos notariales han suministrado datos sobre el comercio de este producto y el azúcar, sobre todo en Huéscar y Granada, pero también en Toledo, Madrid y Cartagena. Operaban de seis a doce compañías al año y todas ellas importaban productos manufacturados –armas, quincalleria, clavazón- paños y lienzos de Francia e Italia, papel, tintes, etc., utilizando también todas ellas cédulas, letras de cambio y préstamos dinerarios. Los dueños de estas compañías fueron emparentándose entre sí, habiendo alcanzado la consideración de “nobleza nueva” que da la riqueza.

Una de las familias más ricas fue la de los Mayolo, por lo menos entre 1565 y 1600, que enviaban grandes cantidades de lana a Italia por los puertos de Cartagena y Alicante. Los Mayolo habían sido artesanos de seda en Génova y uno de ellos llegó a ser “veinticuatro” de Granada, casándose con una morisca que pertenecía a la familia de los marqueses de Campotéjar. Los Mayolo en Génova tuvieron un dogo en la ciudad y su comercio se extendió a Amberes y Madrid, encontrándose también mercaderes de esta familia en Cartagena. Los Mayolo no se mezclaron con la “elite” granadina y casi todos sus miembros volverán a Genova.

Otros son los Venerolo y los Levanto, los primeros los más emparentados de entre los genoveses de Granada, extinguiéndose a finales del siglo XVII. Llegaron a Granada en 1563 y más tarde formaron su compañía, que tuvo contactos comerciales con Amberes, sobre todo en lana, pero luego en azúcar y finanzas. Uno de ellos fue caballero “veinticuatro” y se casó con una noble granadina de los futuros condes de Arco. Entre sus estrategias estuvo conseguir casi el monopolio de los lavaderos de lana de Huéscar.

Los Levanto fueron de menor categoría que los anteriores, levantando una empresa que tuvo importancia en el segundo cuarto del siglo XVII. Emparentaron con los Franquis, exportadores de lana, que tuvieron su momento de gloria a principios del XVII; ennoblecidos y españolizados como señores de Zehel y finalmente condes del Castillo del Tajo, se extinguirán en el siglo XVIII con el obispo de Málaga, Juan de Franquis Lasso de Castilla (1755-1774).

Entre los Adorno –otra dinastía genovesa- uno fue embajador en Madrid y sus ascendientes habían heredado una gran fortuna a partir del comercio con Granada. Económicamente muy por encima de los Mayolo o de los Veneroso, uno de ellos fue asentista del rey, interviniendo en el azúcar de la costa granadina; otro emparentó con los Brignole Sale, al casarse con la hija de un embajador Brignolo, hijo del dogo de la República de Génova entre 1635 y 1637. Estos Brignole tejieron una red comercial en media Europa, formando compañía, uno de ellos, con un mercader veneciano que lavaba su lana en Villanueva de la Fuente[2], junto a Alcaraz.

Estos comerciantes contaron con factores y apoderados, criados y allegados, creándose entre aquellos una endogamia que llegó a formar albaceazgos y padrinazgos, pero no solo genoveses, sino que Girón Pascual ha estudiado también los casos de mercaderes milaneses oriundos de la ciudad de Como, que tuvieron sus intereses en el azúcar, especialmente en uno de los ingenios de la villa de Adra a finales del siglo XVI. Otros comerciaron oro, hilado, sedas y armas, teniendo alguna de estas familias milanesas intereses en Toledo y Huéscar, españolizándose algunos e integrándose en las “elites” granadinas y manchegas.

Ya hemos citado algunas localidades como Granada y Huéscar, pero también en Motril, Almuñécar, Adra, Ronda y Vélez Málaga hubo mercaderes genoveses. En Rodalquilar (sureste de la actual provincia de Almería) hubo una familia genovesa que se interesó por el alumbre (sulfato que contiene aluminio entre otros metales).

Como cabría esperar, muchos de estos comerciantes defraudaron impuestos y practicaron el contrabando a gran escala, sin lo cual sus ganancias no hubiesen sido tantas, teniendo relaciones con los linajes avecindados en los reinos de Murcia y Valencia (puertos de Cartagena y Alicante). En el reino de Jaén, la pañera ciudad de Baeza tuvo una colonia genovesa dependiente de la granadina y en Córdoba también estuvieron varias familias genovesas en contacto con los de Granada. Los de Sevilla también estuvieron en comunicación con los de Granada, pues aquella tenía uno de los mayores puertos de Europa y era una plaza financiera de primer orden desde donde se giraban letras y cédulas en competencia con Medina del Campo y Madrid. La feria de Medina estuvo en contacto con los genoveses de Granada y, en ocasiones, se necesitó de los madrileños para atender a los pleitos ante el Consejo de Castilla o para el pago de impuestos por la exportación de lana.

La importancia de Granada para estas familias genovesas es que era sede de una Capitanía General y tenía desde antiguo un tribunal de justicia, la Real Chancillería (antes en Ciudad Real). Allí gestionaron procuradores, abogados, receptores, casi todos de origen judeoconverso, porque los comerciantes genoveses pleitearon mucho con su función de prestamistas de dinero a cambio de productos hechos, en su gran mayoría adelantado.


[1] “Las Indias de Génova. Mercaderes genoveses en el Reino de Granada durante la Edad Moderna”, 2012.
[2] En el extremo sudeste de la actual provincia de Ciudad Real. Alcaraz se encuentra al oeste de la de Albacete. En Alcaraz, desde la Edad Media se bataneaban los tejidos para una industria textil.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Visitadores-párrocos en Baviera

Imagen antigua de Passau (sureste de Alemania)


Durante el segundo imperio (1871-1916) se dio en Baviera una lucha por el control de la enseñanza. En un lado estaba el clero, particularmente los párrocos, que tenían como misión visitar las escuelas para examinar a los alumnos y profesores (a los mismos centros escolares) una vez por año. Marcelo Caruso[1] ha estudiado este asunto poniendo de manifiesto lo que esto tenía de perjuicio para una educación renovadora y creativa, pues los párrocos exigían una educación memorística y ponían el acento en el orden tradicional que debía haber en las aulas y en las escuelas.

Pero esto contó con una oposición creciente por parte de los maestros y educadores. En el año 1896, durante la XII asamblea general de la Asociación de Docentes en la ciudad de Munich, Lochbrunner ofreció a sus colegas “una ocasión de algarabía”, explicando el resultado de sus anotaciones, años atrás, sobre una escuela conventual, en la que una alumna, teóricamente, había explicado la diferencia entre un cisne y un mirlo: este último “entonó su himno del atardecer en las matas vecinas. A la escucha, el cisne tornó su cuello. ¿Pero podrá entonar? ¡Inútil espera! ¡No hay una sola canción en ese pecho átono!”. En realidad se trataba de un dictado copiado por la alumna sin una mínima exigencia de creatividad por su parte.

Hubo incluso formularios de visitación, por lo que la misma estuvo institucionalizada desde 1802, a partir del decreto de obligatoriedad escolar homogeneizada, que fue derogado en 1918 y su curriculum en 1926. En realidad se trató de una lucha por el poder en la escuela, pues esa inspección eclesiástica observaba los contenidos, las formas, el orden externo de cuadernos y aulas. Las bases de este control fueron definidas en 1808, donde los párrocos tenían la misión “visitadora” como complementaria a la pastoral. Debe tenerse en cuenta que, entonces, Baviera era un estado mayoritariamente católico y agrario, extenso y con la población dispersa. Los inspectores de distrito y locales, verdaderos jefes de los docentes –dice Marcelo Caruso- establecieron un engranaje poderoso para la reforma social de unas comunidades campesinas atrasadas a ojos de los ilustrados.

Estos inspectores tuvieron un mandato explícito y el personal eclesiástico tenía capacidad para implementar la nueva pedagogía pestalozziana, de mejorar la didáctica del cálculo y de fortalecer el vínculo racional con los dogmas de la religión. En realidad, las normas establecidas en 1808 revitalizaron una instrucción que venía de antes. Los visitadores párrocos preparaban un informe preliminar sobre los útiles y los muebles de la escuela, tomaba nota de las quejas recibidas, intentaba producir un saber continuo sobre el estado de las escuelas, todo lo cual estaba asociado al examen final exigido por el estado para poder casarse, ejercer una serie de oficios y heredar. Las preguntas del examen consistía en una serie de preguntas y recitaciones para producir una comunidad cristiana y leal al rey, sin que se pudiese cuestionar las dos formas de autoridad que encarnaba el párroco-visitador: la sociopolítica y la de las “apariencias” en la escuela.

Las visitaciones decidían la nota que el docente y la escuela merecerían en un tipo de enseñanza homogeneizada y memorística, muy criticada por los renovadores de la época, entre los que se encontraron docentes, como por ejemplo Geord Heydner. Contrariamente, muchos maestros prepararon a los alumnos de acuerdo con “lo que quiere mi visitador” y los documentos de la época permiten ver que de la enseñanza era mecanizante, lo que fue comentado con amargura por el docente Conrad, en la ciudad de Kitzingen (Baja Fanconia) y otro ejemplo de opositor a ese método fue Eugenio Leipold.

Para la llegada del visitador se limpiaban las escuelas, lo que tiene que ver con esa ritualización de la que habla Caruso, pero, como queda dicho, hubo modernizadores que se opusieron a este tipo de control. La maestra María Müller ha relatado en su biografía novelada una visitación de comienzos de la década de 1870: “Comenzó el examen. El señor director lo hizo a su manera, yendo de un objeto a otro… Mientras el Director controlaba los libros, los materiales para escribir e iba por las hileras de bancos, el docente le dijo al párroco con evidente desaprobación, ‘qué tipo de examen es ése…”, dirigiéndose luego al púlpito y anunciando a los alumnos que todo era muy satisfactorio.

De 17 planes de estudios regionales que fueron aprobados entre 1862 y 1913, en 16 de ellos se diferenció entre “reglamento escolar”, esto es, los aspectos organizativos de la escuela ordenada, y el “reglamento de enseñanza”, esto es, la apreciación crítica y mejora de los métodos de instrucción. A pesar de que las críticas hacia los inspectores se repitieron porque “el contenido, no el niño, continúa estando en el centro de los exámenes”[2], la lucha tuvo que continuar, hasta el punto de que el alcalde de Passau (Baja Baviera), informó en 1871 al ministerio de que había visitado las escuelas de su competencia y había encontrado oposición en la renovación de la enseñanza y de los exámenes por parte de los párrocos, que alegaron “no se podía hacer nada”.

Munich fue la primera ciudad en derogar el carácter público del examen (otra teatralización), y el primer director laico de educación de la ciudad, el docente Georg Marschall, solicitó la derogación de ese examen ante la oposición de los párrocos. Muchas otras ciudades, entonces, pidieron la derogación total o parcial de esa ceremonia y el director de la escuela Rosenheim (Alta Baviera) se entusiasmó por el retroceso de ese influjo “nocivo” para la instrucción.


[1] “Luchas por el poder ritual…”.
[2] Frase de Heydner en Nüremberg hacia 1900.

viernes, 10 de noviembre de 2017

La industria de paños en Béjar

http://ccasconm.blogspot.com.es/2008/12/los-maestros-flamencos.html


El río Cuerpo de Hombre, que pasa por Béjar, es afluente del Alagón y este, a su vez del Tajo. El primero recorre varios paisajes desde su curso alto, con nieves durante varios meses al año, vegetación herbácea y arbórea, parameras y praderías. Sus aguas parecen reunir propiedades extraordinarias para el lavado y tratamiento de las lanas que luego se transformarían en paños bastos y refinados en la villa de Béjar.

La industria lanera de Béjar asistió –dice Rosa Ros Massana[1]- a lo largo del siglo XVIII, a un proceso de crecimiento de la producción, la especialización en paños de calidad y a la concentración de la producción. Papel importante en esto, aunque no todos los autores están de acuerdo, tuvo la casa ducal de Béjar[2].

La autora se ha basado, para su estudio, en las transcripciones de documentos que han hecho otros historiadores, en los datos aportados por Larruga[3], en el catastro del marqués de la Ensenada y otras. Hoy se dispone de datos sobre el número de telares, aunque la autora duda de la fiabilidad de algunos de ellos: entre 1728 (70) y 1761 fueron en aumento solo desde 1730, para disminuir en 1753 y volver a aumentar en 1761 (172). En cuanto al número de fabricantes, entre los mismos años, eran 30 en el primero y 77 en el segundo. Hay otros estudios por los que conocemos la industria de paños en Segovia y Guadalajara, Alcoy y Cuenca.

Larruga informa de que en 1782 la fábrica de Diego López obtuvo el título de Real y la Junta de Comercio permitió a este fabricante reunir dicho “oficio” con el de tintorero y poseer tinte propio, eximiéndolo del monopolio que disfrutaba la casa ducal (la fabricación de tinte se remonta en Béjar al siglo XVI). López llegó a tener 34 telares y dar trabajo, incluidas hilanderas, a unas mil personas.

Ya a fines del siglo XVII llegaron a Béjar maestros flamencos, en 1718 se redactó el primer reglamento para la fabricación de paños y en 1724 se publicaron las primeras Ordenanzas, y a mediados del XVIII la fabricación de paños bastos casi había desaparecido para dedicarse los industriales a los finos, pero se conoce poco sobre los mercados a los que iban destinados, aunque sobre todo al madrileño. En 1720 se abrió una lonja en Madrid, pero su vida fue corta debido a las presiones del gremio de comerciantes de la Corte. También se sabe que el ejército fue cliente de los productores bejaranos.

Las causas de la expansión de la industria pañera de Béjar –según la autora citada- son los factores de localización, la disponibilidad de lana por la importancia ganadera de la zona, la pureza del agua de los cursos fluviales y la abundante oferta de trabajo. El crecimiento de la pañería fue financiado por la casa ducal de Béjar, ya por la fabricación directa por su parte, como por los privilegios fiscales (exención de alcabalas), el control del tinte y la aportación de conocimientos técnicos que aportaron los maestros flamencos que fueron llegando.

Es curioso que pervivan –como en otros casos- el régimen señorial y la industria precapitalista, lo que llevó a una serie de conflictos entre las exigencias de la casa ducal para mantener sus privilegios y los fabricantes que habían de pagar alcabalas en el momento de la producción. La distribución de la población ocupada por sectores, en Béjar, pone de manifiesto la particularidad de esta villa, aunque en los datos que aporta la autora no estén, como ella misma advierte, las mujeres, que se empleaban sobre todo en la hilatura. El sector primario agrupaba al 17,4 por ciento de la población ocupada, mientras que el sector secundario al 62,6% (670 individuos, de los que 545 en el textil); el sector terciario agrupaba al 20% (215 individuos de los que 132 eran clérigos). Esta situación es excepcional en la Castilla del siglo XVIII, pues si se compara con el caso de Segovia, que superaba ampliamente a Béjar en cuanto al número de individuos dedicados al textil, el porcentaje era 37%.

En cuanto a oficios dentro del textil, la pañería fina agrupaba al 92,9% (509 individuos, de los que 227 eran tundidores y 102 bataneros), mientras que a la pañería basta solo estaban dedicados 12 individuos (el 2’2%) y la confección el 3,3%. La casa ducal de Béjar sí representó un papel importante como impulsora de la industria textil a finales del siglo XVII y primer cuarto del XVIII, pero a partir de entonces su papel fue más bien de intercesora en la Corte para favorecer a los paños bejaranos. Las motivaciones de los duques para actuar de aquella y esta manera no fue tanto el tener una mentalidad capitalista, sino el paternalismo propio de señores feudales. De todas formas la composición de los ingresos de la casa ducal en la época estudiada (mediados del XVIII) era como sigue: el 59,3% por medio de las alcabalas, que como se ha dicho se cobraban al producir los paños[4], y el 19% las instalaciones textiles, teniendo mucha más importancia el tinte que el batán. El tinte era en este tiempo administrado directamente por los duques en régimen de monopolio.

Los fabricantes solían falsear el número de varas de cada pieza fabricada para pagar menos alcabala, por lo que la casa ducal impuso –con no pocos conflictos- que se pagase por pieza, independientemente de las varas que midiese. Los conflictos a los que se hace mención se dieron sobre todo en la segunda mitad del siglo XVIII, prueba quizá del cambio de mentalidades que se estaba operando entre la gente común. Aquella imposición de los duques constituyó un agravio comparativo respecto a los productores de las villas de realengo, pues los fabricantes de Béjar, además de pagar a los duques debían también satisfacer la alcabala real. Cuando durante el reinado de Fernando VI se liberalizaron las alcabalas, los de Béjar se negaron a pagar a los duques, por lo que la Junta de Comercio acordó que dicha liberalización no afectaba a las alcabalas que estaban enajenadas en personas privilegiadas por ello (1753). Ello motivó un nuevo conflicto entre los fabricantes y el duque en 1755, pero también es posible –dice la autora- que parte de la producción escapase del registro llevado en el Libro de la Real Fábrica.

Si se compara la producción de diversos centros pañeros a mediados del XVIII, se ve que Béjar está muy por debajo de Segovia, Alcoy o la zona de Terrasa (5.231, 4.500 y 3.391 piezas respectivamente), pero superaba a la zona de Igualada (1.295 piezas) mientras que Béjar producía 2.409 piezas. La distancia con respecto a las tres localidades citadas antes se agranda si se tiene en cuenta el número de varas de las piezas: Béjar, 86.724, mientras que Segovia 188.336 y Alcoy 162.000.


[1] “La industria lanera de Béjar a mediados del siglo XVIII…”.
[2] Los titulares en la época estudiada fueron Juan Manuel López de Zúñiga y Castro, Joaquín (mismos apellidos) y María Josefa Pimentel y Téllez-Girón.
[3] “Memorias políticas y económicas sobre los frutos…”, obra publicada a finales del siglo XVIII. Larruga, nacido en Zaragoza en 1747, estudió leyes y teología, pero dejó la carrera eclesiástica en 1778.
[4] En los pueblos de la tierra de Béjar la alcabala estaba encabezada, es decir, los obligados a satisfacerla pagaban una cantidad fija. En Béjar, salvo la alcabala que gravaba la producción de paños, era un impuesto indirecto, es decir, se pagaba al consumir el producto de que se tratase.