sábado, 24 de septiembre de 2016

La decadencia de las póleis griegas

Relieve en el sarcófago de Alejandro

Terroríficos reyes

El persa Darío huye despavorido perseguido por Alejandro

Antonio I. Molina Marín[1]ha estudiado, con otros, el miedo que los reyes helenísticos imprimían en el enemigo, lo que les valió no pocas veces para conseguir la victoria. Ello deriva de la idea que se tenía en la antigüedad de lo que era un rey, seguramente alguien superior al resto de los mortales, divinizado, un héroe nato, aunque en el caso de la cultura griega hizo mucho el mito.
                             
El rey helenístico lo era si había vencido, no antes, aunque podamos encontrar alguna excepción, y al mismo tiempo actuaba y era visto en relación con el mundo homérico, por lo que debía inspirar pánico a sus enemigos. Tras las conquistas de Alejandro se extendió en todo el mundo griego una forma de gobierno que, si bien no era nueva, había sido abandonada: la monarquía. El monarca helenístico dirige a sus tropas en primera línea y con frecuencia encontraba la muerte.

Ptolomeo I Soter se presentó ante sus lectores como un guerrero homérico cuando relató sus acciones militares en la India. La exigencia de vencer para legitimar el reinado se vio reflejada en la titulación real: “invencible” o “victorioso”. Los fundadores de los reinos helenísticos esperaron oficialmente al año 306 (Alejandro murió en 323 a. de C.) para ceñirse la corona: es el caso de Antígono y Demetrio, que antes tuvieron que demostrar ciertas victorias militares, de forma que ser vencido significa perder el trono. La excepción la encontramos en Demetrio Poliorcetes, que sobrevivió dos veces a la pérdida de la corona: en Ipsos (301 a. de C.) y en la invasión de Macedonia por Pirro en 287 a. de C.

En no pocas ocasiones el prestigio del rey helenístico es tan grande, o el pavor que inspira lleva a las tropas enemigas a pasarse a su bando, ya sea porque esperan un mayor botín o porque saben cierta la derrota en el ejército inicial. Otras veces los soldados enemigos se negaban a entrar en batalla ante la sola noticia de que el rey helenístico se encontraba al frente de sus tropas. Pero también desertaron tropas macedonias a favor de un déspota extranjero –dice el autor citado- seguramente como consecuencia de la abundancia de mercenarios que nunca tuvieron el sentido patriótico que hoy concedemos a los soldados. Además, el rey helenístico nunca tuvo una significación étnica; de hecho, la monarquía macedonia se jactaba de no ser autóctona.

Mayor peso tiene el caso de Pédicas, que había sido designado quiliarca del imperio por Alejandro y posiblemente lo nombró su sucesos cuando le entregó su anillo en su lecho de muerte. Pese a la ausencia de un título real, Pérdicas tenía más poder que muchos reyes, aunque ello no le libró del intento de asesinato: cuando Meleagro seleccionó a unos para dar muerte a Pérdicas, este, una vez se vio amenazado, les llamó una un otra vez esclavos, lo que les asustó tanto –era Pérdicas quien pronunciaba esas palabras- que huyeron. Pero tras ser derrotado por Ptolomeo en Egipto, Pérdicas se vio abandonado por sus soldados, que lo asesinaron.

La reina Olimpíade fue capaz de conseguir que las tropas de Adea-Eurídice la abandonasen por el prestigio que aquella tenía[2]: desde entonces se la conoció como “la que vence al ejército”. En realidad, lo sucedido concuerda más con los casos de deserción de los que ya hablamos. No por ello dejó de existir quien intentase asesinarla: Antípatro, por medio de Casandro, envió 200 soldados que irrumpieron en la casa real, “pero cuando vieron a Olimpíade, intimidados por su elevado rango, se retiraron con su misión inconclusa”. Tanto en este caso como en el de Pérdicas parece que el temor que inspiraban tiene que ver con su vinculación a la familia de los Argéadas: el origen es mítico pero gobernaron Macedonia durante varios siglos hasta 309 a. de C.

Otro es el caso de Pirro, el cual con su mirada –al parecer- detuvo la espada de su adversario: Al desenvainar Zópiro una espada ilírica para cortarle la cabeza, se volvió a mirarlo Pirro con tanta indignación, que Zópiro le tuvo miedo; y ya temblándole las manos, ya volviendo al intento, lleno de turbación y sobresalto… tarda y difícilmente se la cortó por último. Matar a un rey no puede ser fácil para un simple hombre. Molina Marín dice que existe un precedente para todos estos casos y es el enfrentamiento de Alejandro con los malios en la India: parece que Alejandro se quedó colgado en un muro y debajo estaban los soldados enemigos, sobre los que se dejó caer. Recibió “gran sacudimiento de armas” pero a los bárbaros les pareció ver un resplandor ante el héroe y huyeron. Es decir, uno solo hacía huir a numerosos soldados.

Alejandro tenía sus modelos míticos de imitación: Perseo, Heracles, Aquiles, Dioniso… Mossman[3] ha demostrado ya que el combate de Alejandro sobre los malios se inspira en otro de la Ilíada; es el momento en el que el Eácida Aquiles, antepasado por línea materna de Alejandro, se pone las armas que Hefesto ha hecho para él por encargo de su divina madre. Este pasaje de Aquiles sería el modelo mítico a través del cual se construyen las gestas de los otros.

Gritar a los enemigos también les infundía pavor si quien lo hacía era el rey helenístico, como vestir la égida o piel de la cabra Amaltea, que hizo de nodriza de Zeus cuando este era un niño. La égida toda a Aquiles y Alejandro de las cualidades de Gorgo y Medusa. La primera fue un personaje protector y la segunda, decapitada por Perseo, después usó su cabeza como arma para atemorizar a los enemigos…

[1] “El miedo como arma de dominación: admiración, pavor y victoria en la imagen del rey guerrero en el helenismo inicial”.
[2] A finales del s. IV a. de C.
[3] 1988.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La guerra en la antigüedad




La guerra en la antigüedad fue una actividad endémica, de forma que los diversos pueblos y estados se mantenían permanentemente preparados para ataques, asedios, campañas, reclutas, deportaciones, etc. Podríamos tomar cualquier época y civilización, pero podemos aprovechar el trabajo de Jordi Vidal[1] sobre los enfrentamientos entre el imperio asirio entre los siglos IX y VII a. de C. y las ciudades fenicias.

Las inscripciones reales neoasirias –dice el autor citado- contienen referencias relativamente abundantes de campañas militares dirigidas contra las ciudades fenicias, que estaban situadas en un territorio estratégico dentro del comercio internacional. Dos fueron los tipos de enfrentamientos entre el imperio asirio y las ciudades fenicias: el asedio (lo más frecuente) y la batalla campal. Uno de los conflictos más antiguos que conocemos tuvo lugar en el año 803 a. de C., cuando el gobernador provincial de Rasappa, al norte de la actual Siria, condujo una expedición contra la localidad fenicia de Ba’lu. Posteriormente los asirios conquistaron algunas localidades del reino del Tiro, como Mahalab, y sometieron la capital al pago de un tributo. Dicha intervención fue la respuesta asiria a la coalición rebelde entre el rey e Tiro y el de Damasco.

Los ejércitos asirios atacaron Sidón en 701 a. de C. también por la participación del rey de dicha ciudad en una coalición antiasiria. La descripción asiria hace referencia a la conquista de Sidón, Bit-zitti, Sariptu, Mahaliba, Usu, Akzib y Akko. Más tarde, el rey de Sidón se rebeló contra la dominación asiria y el rey Assarhaddon llevó a cabo una expedición militar contra la ciudad en 677 a. de C. Los asirios destruyeron Sidón deportando a gran parte de su población y otras dieciséis localidades también fueron capturadas.

También la ciudad de Tiro inició una labor diplomática de aproximación a Egipto, pero la reacción asiria no se hizo esperar: bloqueó la isla en 671 pero Tiro no fue conquistada, aunque perdió el control sobre una parte de sus territorios continentales. Esta ciudad todavía hubo de sufrir un nuevo ataque asirio en 663, probablemente por nuevos intentos de formar una coalición antiasiria. De nuevo los asirios se dirigieron contra los territorios continentales todavía en su poder y bloquear la capital, que terminó rindiéndose.

Un nuevo ataque fue el de las tropas asirias contra las ciudades fenicias de Usu y Akko en 644/3, que se rebelaron probablemente instigadas por el rey de Tiro. Las dos ciudades fueron tomadas, ejecutados sus defensores y deportada el resto de la población. En cuanto a las batallas campales el caso mejor conocido es el de Qarqar en 853, según una inscripción cuneiforme encontrada en Kurkh en 1861. El rey asirio trató de extender su dominio hacia Siria central y meridional, saqueó las ciudades de Hamath y se dirigió hacia Qarqar[2], ciudad que fue destruida, pero en las afueras de la misma se había concentrado un gran ejército comandado por el rey Irhuleni de Damasco y Ahab de Israel. Aunque los asirios nos dejan el testimonio de su clara victoria, existen historiadores que consideran lo contrario o, que al menos la situación quedó sin vencedores ni vencidos. Un dato importante es que Salmanasar III no pudo atravesar el Éufrates en sus campañas de 852-850, justo tras la batalla de Qarqar, algo impensable si los asirios hubieran vencido como han dejado escrito. Estos hubieron de enfrentarse de nuevo a la coalición de Damasco y Hamath en los años 849, 848, 845 y 841. Fueron seis las ciudades fenicias que participaron en la batalla de Qarqar: Biblos, Sumur, Irqatu, Arwad, Usanatu y Siannu.

La otra gran batalla campal tuvo lugar también en Qarqar en 720, cuando los asirios derrotaron a un ejército comandado por el rey de Hamath, que contó con la alianza de Arpad, Damasco, Samaria y el reino fenicio de Sumur. La vitoria fue asiria porque el desequilibrio entre su ejército y el de las ciudades del Levante mediterráneo era enorme. Jordi Vidal considera que en la batalla de Qarqar el número de carros empleados por los asirios fue 2.000, mientras que el de las ciudades fenicias 40; los asirios emplearon 5.500 caballos por ninguno los fenicios y 120.000 infantes los asirios por 2.900 los fenicios. La razón de que estos últimos no empleasen carros es que la mayor parte de las veces que tuvieron que soportar los ataques fenicios fueron por asedios, no en batallas campales, lo que también explica la diferencia en caballos.


[1] “Guerras desiguales: el imperio asirio contra las ciudades fenicias”.
[2] Cerca de la costa siria y de Alepo.




sábado, 17 de septiembre de 2016

Campamentos asirios

Relieve con una de las campañas militares asirias


De veintidós campamentos asirios de mediados del siglo IX a. de C. estudiados, entre otros por José Vidal, nueve son de planta rectangular, cuatro de planta circular, seis cuadrangular y tres oval. El que más torres tiene son 15 y el que menos 2; el que menos puertas tiene, una y el que más 4. La principal fuente para el conocimiento de estos campamentos son los relieves de Imgur-Enlil, pero también en inscripciones de la época de Salmanasar III, donde aquellos aparecen como recintos fortificados para proteger a las tiendas en las que se alojaban las tropas, pero también para facilitar el cobro de impuestos.

Eran construidos para un tiempo, no con carácter definitivo y la forma probablemente dependía del espacio disponible para su construcción, estando dos de los campamentos junto a un río. Todos estaban delimitados por una muralla de adobe con basamento de piedra y la parte superior con una sucesión de almenas. Cabe la posibilidad –dice el autor al que sigo- de que dichos campamentos incluyeran fosos, una estructura bien representada en la arquitectura militar asiria, tal y como se aprecia en Nínive, Assur, Sur Telbis[1] y Sur Ju’reh[2]. El perímetro de la muralla estaba protegido por torres exteriores de planta rectangular[3], dispuestas a intervalos regulares y las puertas estaban flanqueadas por sendas torres. Se ha pensado en la posible existencia de un espacio o zona de seguridad entre la muralla y el área ocupada por las tiendas, pero no es posible asegurarlo porque en los relieves de Imgur-Enlil no aparecen representadas las tiendas de los soldados, aunque la tienda del rey a menudo está situada lejos de las murallas.

La mayoría de los campamentos estudiados aparecen divididos en dos partes por una línea que comunica las puertas. Se trataría de una vía principal, pero en los campamentos de época posterior, en los representados en Imgur-Enlil no se representan las tiendas, que quedan sintetizadas por la del rey en catorce de las veintidós estudiadas. Están representados, sin embargo, trabajadores arrodillados y montones de productos almacenados, animales e individuos ocupados en la reparación/fabricación de arcos.

Cuatro de los campamentos, los que se citan con los números 10, 14,15 y 16, aparecen vacíos, lo que ha hecho pensar a algunos que no serían instalaciones militares sino tres represtaciones de la misma Imgur-Enlil[4]. En cuanto al campamento 10, que tiene dos puertas, se ha pensado que podría tratarse de la representación de Nimrud[5] o Nínive. Es curioso que mientras las ciudades asirias se representaban en alzado, los campamentos en planta.

Una fortaleza estudiada presenta dimensiones reducidas (35 por 40 m.) y localizada en la región de Haditha, en el Éufrates medio aporta algunos datos: en su interior solo se localizó material cerámico, pero ni cisternas, ni graneros, ni muelas, ni hornos, lo que indica que dicho material cerámico no fue fabricado allí, por lo que algunos han supuesto que esta fortaleza estaría en función de otras que le suministrarían lo necesario.

Las imágenes de Imgur-Enlil tienen el valor de que son los testimonios más antiguos de este tipo de instalación militar entre los asirios, aunque son muy esquemáticas.

(Fuente: “Campamentos militares asirios durante el reinado de Salmanasar III”.


[1] En Irak.
[2] En Irak.
[3] El único ejemplo de torres semicirculares es el de la fortaleza de la isla de Anat, en el Éufrates medio.
[4] Actual Balawat, cerca de Mosul.
[5] Junto al río Tigris, antigua capital de Asiria, a unos 30 km. de Mosul.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Fenicios en el Atlántico

Lixus, en el estuario del wadi Loukkos, cerca de la actual Larache

Son muy conocidos los enclaves fenicios en las costas mediterráneas, pero menos en las atlánticas del noroeste de África. Fernando López Pardo[1] ha hecho un recorrido por los estudios de los diversos especialistas sobre este asunto. En un principio habla de tres tipos e asentamientos: ciudades, factorías y mercados. Pero con posterioridad se ha visto que esta simplificación no siempre es correcta. También se sabe de la existencia de mercados indígenas que estaban en función (durante el primer milenio antes de Cristo) de los visitantes que por allí llegase, en este caso fenicios.

El autor señala que P. Cintas sugirió una nueva clase de hábitat: la escala náutica cada treinta kilómetros, pero se ha visto que en ocasiones estas supuestas escalas distaban entre sí bastante menos. Se han estudiado los yacimientos en la costa del Oranesado, en la costa oriental de Andalucía y otras regiones, pero lo que aquí nos interesan son las andanzas de los fenicios por el Atlántico.

Una ciudad temprana fue Lixus, en la costa noroccidental de Marruecos, en el interior de la actual Larache y cerca del estuario del wadi Loukkos, que forma unos acentuados meandros antes de su desembocadura. Allí también se ha excavado un puerto romano posterior. Algunos consideran que la fundación de Lixus sería a lo largo del siglo VII a. de C. pero el autor lo anticipa a finales del VIII. En relación a Lixus estarían Rachgoun[2] y Essaouira[3] (Mogador). Desde el primer momento Lixus fue el gran centro regional de la fachada atlántica africana, pudiéndose equiparar a Gadir. Lixus, por otra parte, conservó su identidad claramente oriental hasta época romana, al menos en la construcción de sus importantes templos.

Se trató de una fundación de grandes dimensiones y con estructura urbana desde muy pronto, fenómeno raro en la zona. Aparte de Lixus solamente aparecen documentos arqueológicos, para esta época, en Cádiz y Castillo de Doña Blanca[4]. El asentamiento lixita se hizo en una zona virgen, en el primer fondeadero viniendo del estrecho de Gibraltar, pero ese fondeadero había sido frecuentado antes de los fenicios, como parece demostrar el encuentro de una espada tipo Rosnoen[5] en la desembocadura del wadi. Las condiciones portuarias eran excelentes porque desde el wadi Loukkos se accedía a la fértil llanura del Gharb y al sistema rifeño. Río arriba se encuentran dos nudos viarios importantes en época antigua, Ksar el Kebir[6] y Telata de Reisana, que comunicaban el extremo norte y sur del país.

Puede que el potencial agrícola y pesquero de la región de Lixus jugase un papel importante, pero lo cierto es que el territorio estaba muy poblado y era intensamente explotado si se tienen en cuenta los numerosos hallazgos prehistóricos encontrados. La fundación de Lixus coincide con el llamado “segundo momento” de la colonización fenicia en occidente, estando el marfil y el oro de Marruecos en el interés de aquellos comerciantes. 


Luego hubo una época de múltiples fundaciones, según el autor al que sigo, que arranca a mediados del siglo VII a. de C. cuyos límites serían el cabo Espartel y, al sur, la mítica Cerne. Un asentamiento fue Ras Achakar-Yebila, el primer fondeadero practicable de la costa atlánatica, protegido por el cabo Achakar. Se han encontrado ánforas fenicias y púnicas en dos puntos de la colina de Yebila y en otros lugares fragmentos de cerámica griega de Laconia y de Ática. En las proximidades se han excavado dos necrópolis de la época, quizá una indígena (de cistas) y otra fenicia (de cámaras). Pero la presencia fenicia en esta zona no se puede fechar con anterioridad al siglo VI a. de C.


Kouass está en el estuario del wadi Garifa, a mitad de camino entre Tingi y Lixus: aquí se localizaron hornos de alfarero para transportar el salazón, también ánforas y todo ello datado a finales del siglo VI a. de C., habiendo sido centro artesanal y de producción pesquera. Está documentada la presencia fenicia en Banasa desde el siglo VI a. de C. Más al sur, en la desembocadura del río Salat, junto a Rabat, se encontraron fragmentos de cerámica en Casbah de los Oudaias y a unos centenares de metros, sobre la prominencia de Chelall, se encuentra una antigua ciudad romana cuyos muros descubrió J. Boube. Algo más lejos aparecieron cuatro fragmentos de cerámica de, como máximo, el siglo II a. de C.

Desde la desembocadura del Bou Regreb hasta el cabo Ghir la cosa está llena de arrecifes, no habiendo abrigos naturales. Solo las desembocaduras de los ríos fueron refugio seguro, como por ejemplo el Oumm er Rebia, donde se han encontrado fragmentos de cerámica púnica. Essaouira (Mogador) es un fondeadero en una isla que pudo servir de fondeadero estacional, por lo tanto no se trató de un lugar de actividad productiva prolongada, pero se han encontrado cerámicas fenicias en este yacimiento.

En unos sondeos realizados en el cabo Ghir (30 km. al norte de Agadir) se han encontrado cerámicas púnicas del siglo III a. de C., a la vez que otros restos indígenas. El valle del Sous, extenso y fértil, cuenta con un estuario en la localidad de Agadir, topónimo de filiación fenicio-púnica según López Pardo. Este término era también utilizado por las comunidades beréberes de la zona para designar los graneros colectivos fortificados.

Las islas Canarias no han suministrado, por el momento, ningún vestigio de la época fenicia arcaica, aunque hay suficientes indicios de la frecuentación de las islas durante la época púnica, como es la imitación a mano por los indígenas de ánforas púnicas de los siglos IV al II a. de C. Se explotó la urchilla, un liquen para obtener un tinte que se obtenía tanto en las islas como en la costa marroquí desde Oumm er Rebia hasta el Sous. Más al sur de Essaouira los fenicios nunca estuvieron anteriormente al siglo IV a. de C.


[1] “Los enclaves fenicios en el África noroccidental…”.
[2] Una isla frente a la costa noroccidental de Argelia.
[3] En el centro de la costa atlántica marroquí.
[4] En El Puerto de Santa María (Cádiz).
[5] De lengua trapezoidal con cuatro muescas o cuatro agujeros de remache. Los bordes cortantes de la hoja son rectilíneos. El mango es de materia perecedera pero la espada es de bronce.
[6] Alcazarquibir.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Los esclavos vistos por Aristóteles




Si alguna vez he leído un estudio verdaderamente interesante es el de Ángel Muñoz García sobre la visión de la esclavitud en la antigua Grecia, particularmente por Aristóteles[1]. Dice el autor que durante la Edad Media y, más aún, la Edad Moderna, se justificó la esclavitud apelando a Aristóteles. Se consideraba al esclavo una simple mercancía y esto quizá sea un invento griego aunque haya habido esclavos con anterioridad. Puede –siguiendo el trabajo citado- que no fuese posible la pólis sin la esclavitud.

Quizá en la prehistoria no hubo esclavos, porque los grupos humanos deambulaban de un lugar a otro en busca de sobrevivir. Pero cuando se sedentarizaron por obra y gracia de la agricultura, las comunidades crecieron, el trabajo se dividió, unos pasaron a dirigir y otros cayeron en la esclavitud vinculada al trabajo, como siempre ha estado. Se importaban esclavos de unas a otras regiones y parece ser que ya Salomón, en el siglo X a. de C. empleó esclavos para construir el templo. Los ilotas en Esparta fueron esclavos y en determinado momento del Imperio Romano, sobre un total de 20 millones de libres quizá hubo 135 millones de esclavos. Los pueblos precolombinos de América también tuvieron esclavos.

Durante la Edad Media, al haber abundancia de mano de obra esclava, desaparece el acicate para la inventiva de artefactos mecánicos, aunque es durante esta larga etapa cuando empieza un cierto declive de la esclavitud, que ha hecho un inmenso aporte al desarrollo humano. Sin la esclavitud todas las culturas hubieran sido muy distintas. La esclavitud en el mundo occidental depende de Grecia y Roma, que es donde se forja.

El autor habla de un concepto: scholé (los latinos otium) que es el ocio, es decir, la capacidad para hacer algo, sea útil o inútil, por puro placer y sin obligación. El ocio de los clásicos no es el no hacer nada, la vagancia pura. La filosofía, por su parte, forma parte del ocio, porque consiste en saber por saber, liberado como está el que la practica de toda necesidad. El trabajo que era necesario para sobrevivir era mal visto por los no esclavos, ocupación vil e indigna de ciudadanos (hombres libres). El trabajo era impropio de los ciudadanos y de él debían ocuparse los esclavos. Este desprestigio de los trabajos “mecánicos” ha llegado hasta nuestros días a partir de la mentalidad señorial desde la Edad Media.

Ya Herodoto constataba que “tracios, escitas, persas, lidios, en una palabra, casi todos los bárbaros, estiman menos” a los que trabajan que a los ciudadanos. Y para Aristóteles, “la pólis más perfecta no hará ciudadano al trabajador”. En el siglo XVIII, el franciscano venezolano Juan Antonio Navarrete habló de este asunto y una Célula Real de 1783 puso fin a aquellas declaraciones según las cuales no era honroso el trabajo manual.

Para Aristóteles la scholé, el ocio, era el ideal del ciudadano, es decir, consagrar el tiempo a lo innecesario, a la sabiduría. Cicerón llegó a decir que “nunca estaba menos ocioso que cuando estaba ocioso”, pero para que los ociosos se dedicasen al saber, al gobierno, a dirigir los ejércitos, etc. tenía que haber esclavos. El senegalés Cheikh Anta Diop puso de manifiesto que Platón y Aristóteles, habiendo estudiado en su juventud con los sacerdotes egipcios negros, agradecieran esas enseñanzas excluyendo de ellas al extranjero por no saber griego, y al negro por ser negro.

El hombre, para Aristóteles, es el único animal que tiene sentido de los bueno y de los malo, tiene logos, palabra/razón. No puede haber ciudades ni de animales ni de esclavos. La totalidad significativa del logos –sigue el sabio- pertenece al amo, y deja al esclavo solo una palabra vacía, un grito, un balbuceo a lo más. Por eso resulta incapaz de ser miembro de la pólis. El esclavo lo es por naturaleza, ha nacido predestinado a ser esclavo, lo que no explica la institución romana de la manumisión, por la que un esclavo podía pasar a ser liberto. Bárbaro y esclavo, para Aristóteles, es lo mismo. Tampoco se explica la pretensión de Aristóteles teniendo en cuenta que hubo esclavos maestros, sobre todo en la antigua Roma.

El que es a-logos, sin razón, debe ser esclavo para Aristóteles, debe de quedar reducido al trabajo manual; al dueño y al esclavo no interesan las mismas cosas, “porque es esclavo por naturaleza el que puede ser de otro”. El esclavo solo participa de la razón para percibir la que hay en su amo (y se supone que para entender las sinrazones de su amo). El filósofo entendía en la razón humana dos funciones: deliberativa la una y meramente ejecutiva la otra (esta es la única que tiene el esclavo). La actividad desarrollada en el ágora es propia y exclusiva del ciudadano.

Entre las propiedades del paterfamilias están los esclavos y lo repite en la Etica: “el esclavo es, en efecto, un instrumento animado y el instrumento [un carro, por ejemplo] un instrumento inanimado”. Al ser el esclavo por naturaleza no se pertenece a sí mismo y necesita quien, distinto de él, lo maneje. Aristóteles no explica con su forma de pensar que hubo rebeliones de esclavos, luego con capacidad de razonar, con logos… Desde el nacimiento –dice- unos están destinados a mandar y otros a obedecer. No sabemos si Aristóteles forjó toda esta panoplia para justificar la esclavitud, ante la inutilidad de enfrentarse a ella, o realmente creía en ella, lo que está lleno de contradicciones, pero para nosotros, que hemos heredado ideas que Aristóteles no conoció.

Tampoco explica Aristóteles que si el esclavo lo es por naturaleza ¿cómo es posible que existiese el libre que en un determinado momento cae en la esclavitud? Salvo que su etapa de libre fuese una anomalía y el orden de las cosas volviese al libre a donde debía estar por naturaleza.


[1] “Esclavitud: Presencia de Aristóteles en la polis colonial”, 2007.




martes, 13 de septiembre de 2016

Soldados en la colonia de Sacramento


La Colonia de Sacramento fue fundada en 1680 por los porgueses al norte del estuario del río de la Plata para servir a los intereses económicos de los comerciantes de Río y Lisboa. Esa Colonia fue el principal foco de tensión entre portugueses y españoles en la América meridional hasta el año 1777, cuando fue cedida definitivamente a la Corona española (1).

A partir del momento en que el ejército español implantó un campo de bloqueo la situación de la Colonia se volvió parecida a las posesiones portuguesas en la costa marroquí, donde "las guarniciones de las plazas solo controlaban el terreno alrededor de las murallas, hasta donde alcanzaba el cañón". El jesuita Florián Paucke, que visitó la Colonia de Sacramento en 1749, observó que el ganado era juntado en la plaza durante la noche, para evitar que fuese apresado por los españoles, lo que también ocurría en Mazagâo, ciudad portuguesa en el norte de África.

En mayo de 1761 llegó de las misiones el general Cevallos con su ejército, el cual repartió por la costa de las Vívoras y mandó el grueso de sus tropas a reforzar el campo de bloqueo. Cevallos tomo la Colonia al año siguiente, cuando Portugal y España entraron en campos opuestos en la guerra de los Siete Años. Después de esta guerra los españoles devolvieron la plaza a los portugueses pero el bloqueo continuó. 

Durante el Antiguo Régimen -dice el autor al que seguimos- el sistema de reclutamiento recaía sobre todo en las clases más débiles de la sociedad. En Portugal el sistema de reclutamiento fue establecido en 1570, afectando a toda la población masculina desde los 16 hasta los 60 años. La tropa pagada y permanente fue excepcional antes de 1640, debiendo formar parte del ejército la gente más noble y rica que puediera servir en las fronteras, las tropas auxiliares y las milicias, en las cuales se integraba todo aquel individuo del que se pretendía no molestase a la sociedad (delincuentes, pobres, etc.).

En cuanto a España, la guarnición de Buenos Aires fue mantenida por militares reclutados en el centro y norte de España durante el reinado de los Austrias. Con los Borbones cayó el número de soldados enviados a Buenos Aires debido a la guerra de Sucesión española y el sueldo de estos soldados venía de Potosí. Muchos de los soldados lo eran porque también sus padres eran militares pero muchos desertaban ante las dificultades de las campañas, los retrasos en los pagos y otras circunstancias. 

Tanto los oficiales portugueses como los españoles sentían un claro desprecio hacia los mestizos, pero el principal defecto de estos ejércitos era el reclutamiento obligatorio de gente indeseable y no su origen patrio. Así se multiplicaron los motines y deserciones: el primero es una respuesta colectiva ante el reclutamiento forzado y las malas condiciones de vida de los soldados. Los motines fueron comunes en el ejército español en los siglos XVI y XVII: el de Flandes se amotinó cuarenta y cinco veces entre 1572 y 1609, sobre todo porque se impedía a los soldados el libre saqueo de los vencidos. En las primeras décadas del siglo XVIII aumentaron las deserciones, particularmente durante el sitio a la Colonia de Sacramento entre 1735 y 1737. Un cronista de este sitio dejó escrito, con respecto a Portugal, que el 28 de junio de 1736 "sucedió haber un casi motín en la plaza ente los soldados de Bahía [porque] quería un negro de un capitán de infantería Joäo Caetano, dar con un cuchillo en un hombre blanco...".

Pero más que el motín, la deserción fue la respuesta del soldado ante las difíciles privaciones que debía soportar, cuando antes se había alistado en el ejército para huir de las deudas que había contraído y que no podía pagar. En muchos casos los fugitivos fueron capturados y eran castigados a la pena capital, pero la deserción era concebida con cierta naturalidad, pues aún no estaba asociada a los conceptos de traición a la patria y deshonor que surgieron en el siglo XIX.


(1) Paulo Cesar Possamai, "Los soldados ibéricos en una frontera muy especial: Colonia de Sacramento (siglo XVIII).


lunes, 12 de septiembre de 2016

La colonia portuguesa de Sevilla



Desde que la monarquía hispánica incorporó Portugal y sus colonias a sus dominios, aumentó el número de portugueses que se asentaron en plazas españolas, particularmente en Sevilla y Madrid. Pero cuando se produjo la separación portuguesa a partir de 1640, que coincidió con la revuelta catalana y con la conjura nobiliaria en Andalucía, la presencia de muchos portugueses en Sevilla se convirtió en un problema: ¿habría intención por parte de la monarquía portuguesa, con sus aliados, de invasión, particularmente de la ciudad andaluza?

Santiago de Luxán Meléndez[1] ha estudiado este asunto aportando datos reveladores sobre la importancia en número de portugueses en Sevilla, facilitado por el hecho de estar bajo la misma monarquía durante sesenta años. ¿Y si la hipotética invasión portuguesa se une a la conspiración de Gaspar Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, y Francisco Silvestre de Guzmán, marqués de Ayamonte en 1641? Algunas zonas de España –escribe Domínguez Ortiz- “fueron el punto de atracción de marinos vascos, casas castellanas, mercaderes genoveses y flamencos, franceses… desde aguadores y lacayos hasta el gran comercio, pilotos de Ragusa, portugueses, alemanes…”.

Durante toda la época moderna, pero centrándose sobre todo en Sevilla y en la coyuntura de 1640, el peso de la minoría lusitana llegó a ser el mayoritario entre la población extranjera. Muchos de esos portugueses eran conversos que vieron como la libertad para avecindarse en Sevilla y otras plazas, se tornaba en presiones, a partir de 1610, por las presiones del clero portugués. A partir de la llegada de Olivares al poder, pero sobre todo desde 1627, mejorarían de nuevo su condición y ello hace que la población portuguesa en Sevilla aumente aún más.

Por el contrario, una de las causas de la disminución de población en Portugal desde 1640 fue la emigración para la defensa de las factorías de Oriente y de África, el desarrollo de Brasil y la salida, por motivos religiosos y económicos, de muchos conversos en dirección a Francia, a los Países Bajos y a España. El aumento de población portuguesa en Castilla durante el reinado de Felipe IV no fue un hecho aislado –dice el autor citado. Fruto de la preocupación son los inventarios de portugueses realizados por la Inquisición de las Canarias en 1626. En el momento de la insurrección portuguesa de 1640 se puede calcular que en Sevilla había unos 2.000 negociantes portugueses y unos 4.000 en Madrid. Se adoptaron entonces medidas que afectaron a un vasto territorio, como la prohibición del comercio, especialmente la exportación de trigo y plata, que afectó mucho a la población portuguesa de Sevilla.

Un magistrado, Juan de Santalizes, juzgó a la altura de 1642 que la presencia de navíos franceses, portugueses y holandeses entre Cádiz y Sanlúcar no presagiaba nada bueno, relacionando esto con la conjura de una parte de la nobleza andaluza. Se temió una invasión portuguesa contando con la población lusa en Sevilla. Se ordenó entonces al clero que hiciese un censo donde se distinguiese entre naturales y extranjeros, considerando a estos últimos a los portugueses, franceses, vizcaínos, ingleses, flamencos, catalanes, genoveses y a los esclavos. Las provincias vascas tenían fronteras comerciales con el resto de España y Cataluña estaba levantada.

El objetivo de esta averiguación se confió a los párrocos y dio como resultado que la mayor parte de los portugueses sevillanos estaban casados y establecidos firmemente en la ciudad, lo que les hacía poco sospechosos de querer correr riesgos. Vivir en Sevilla y estar casado con una española no era lo mismo que ser soldado en presidios como los de Canarias, Madeira y Azores, pero incluso se llego a dudar de españoles casados con portuguesas: ¿no estarían muy vinculados a la familia de la mujer, que podría ser rica y por tanto con intereses contrarios a la monarquía española? El autor se fija en que, en la coyuntura de 1640, se restringe el concepto de natural a los de Castilla, contrariamente a lo ocurrido con anterioridad, que se extendió a los súbditos del imperio en Italia y Flandes.

El total de vecinos en Sevilla en 1642 era 31.214 y utilizando e coeficiente sugerido por Domínguez Ortiz de 4,7 se obtiene un total de habitantes de algo más de 146.000, pero aquí no está incluido el clero, que a buen seguro era numeroso. Los portugueses representaban el 12,19% de ese total y los esclavos el 2,5%, los cuales habían ido disminuyendo en relación a siglos anteriores. La población extranjera, y por lo tanto la portuguesa, se concentraba en las principales y más céntricas parroquias: de un total de 30, más del 5% se concentraba en seis. Lo importante aquí es constatar el papel que jugó Sevilla como centro de atracción de inmigrantes, sobre todo dedicados al comercio y la navegación, durante la Edad Moderna.








[1] “A Colónia Portuguesa de Sevilla. Uma Ameaça Entre a Restauraçâo Portuguesa e a Conjura de Medina Sidonia?”.

Juan de Mariana, precursor del liberalismo




Según un estudio realizado por Ángel M. Fernández Álvarez, los escolásticos españoles de los siglos XVI y XVII identificaron adecuadamente los principios del funcionamiento económico y las instituciones que caracterizan el orden del mercado, influyendo sus ideas en otros autores de Europa y América.

Las obras del jesuita Juan de Mariana fueron conocidas en el siglo XVII en Gran Bretaña y de hecho –dice el autor citado- fueron perseguidas por las autoridades debido a su defensa de la propiedad privada, la soberanía del pueblo y los derechos individuales de los ciudadanos en contra de la razón de Estado. Particularmente la obra de Mariana fue conocida, casi un siglo más tarde, por John Locke, encontrándose muchas semejanzas entre “De Rege et Regis Institutione” (1599) y “Dos tratados del Gobierno Civil” (1689) de Mariana y Locke respectivamente.

La revolución inglesa de 1688 fue el resultado de un largo proceso que llevó al fracaso del absolutismo y a la limitación del poder real, lo que permitió el impulso del comercio y la creación de riqueza. Pero antes ya se habían pronunciado sobre esto los escolásticos españoles que consideraron la propiedad privada como un derecho natural y el derecho de rebelión de la población ante la actitud tiránica de los reyes.

En Inglaterra ya se conoció en el siglo XVII la obra de Mariana “Historia General de España”, publicada en 1601 (aunque en latín la primera edición es de 1592). Fue traducida al inglés por John Stevens, que se dedicó a traducir una enorme cantidad de obras españolas al inglés de su época. Stevens conoció “De Rege et Regis Institutione” de Mariana y dice en el prefacio de la traducción:

Elbora, donde se dice que nació, es una ciudad que ahora se llama Talavera, sobre el río Tajo, en Castilla; Complutum, donde estudió, es la Universidad de Alcalá de Henares, entre Madrid y Toledo. Enseñó Divinidad algunos años en Roma y París, y luego, como parece por sus propias palabras, regresó a España, y se estableció en Toledo, donde compuso todas aquellas obras que menciona, que son, Sus Pesos y Medidas; es decir, los de los Hebreos, Griegos y Romanos, reducidos a los que entonces se utilizaban en España; un Tratado relativo al Espectáculo, otro Pías, sobre la Muerte y la Inmortalidad; una para probar la Venida del Apóstol Santiago a España; uno sobre los Días de la Muerte de Cristo, que él llama Pascua… uno Sobre el Cambio de Monedas…

En 1896 John Neville Figgis, disertando sobre la teoría de la soberanía observó que los argumentos de John Locke se encontraban en las obras escolásticas de autores jesuitas españoles como Francisco Suárez y Juan de Mariana, pero especialmente en la obra “De Rege” de este último. Figgis señaló cómo, junto con el autor protestante Buchanan, Juan de Mariana era una excepción entre los autores papistas al defender el derecho de resistencia de los individuos frente al poder absoluto de los tiranos.

Juan de Mariana explica el origen de la sociedad mediante un estado hostil inicial que los hombres pueden superar colaborando entre ellos y uniéndose en una sociedad civil. Bastante más tarde, Locke señala que “pese a todas las ventajas del estado de naturaleza, se encuentran [los hombres] en una pésima condición mientras se hallan en él, con lo cual, se ven rápidamente llevados a ingresar en sociedad”. Para Mariana la sociedad civil es previa al Estado, por eso hay derechos que el Estado no puede negar a los individuos, pues estos ya los han establecido antes de que aquel existiese. De modo muy similar Locke señala que “renunciando cada uno de ellos [los hombres] al poder ejecutivo que les otorga la ley natural, a favor de la comunidad…”.

Al igual que ocurre en Mariana que defiende los derechos humanos por los que somos seres humanos, Locke muestra los derechos y las obligaciones que tienen los hombres “por naturaleza”, es decir, con independencia de cualquier legislación positiva…”. En su obra “De Rege” Mariana ve la necesidad de impuestos bajos, bajo endeudamiento del Estado, intervención de este solo en caso de extrema necesidad y cuando las propiedades ilícitamente por el trabajo sino que se han obtenido por privilegios políticos.

Mariana escribe que “el poder supremo no puede arrebatar a ningún hombre parte alguna de su propiedad sin su propio consentimiento… una vez que los hombres entran en sociedad con sus propiedades, la comunidad les reconoce el derecho de posesión de sus bienes, tal que nadie puede arrebatárselos, ni en todo ni en parte…”.

Claro que Mariana –ni Locke- pudieron llegar a conocer lo que sería luego el capitalismo monopolístico, ni la gran concentración de riqueza en pocas manos… pero lo que sí es importante es que si el Estado pusiese en cuestión la licitud de cómo muchos han llegado a acumular sus riquezas, sus propiedades, otro mundo tendríamos.