sábado, 17 de marzo de 2018

Pamplona, capital eclesiástica


Palacio de los obispos de Pamplona (http://www.viajesporsefarad.com/pamplona/)

Según Hilari Raguer[1], Pamplona fue, durante la guerra civil de 1936, la capital eclesiástica de España, pues en Navarra tenía una gran influencia el tradicionalismo carlista, en el que la Iglesia se apoyó no pocas veces.

El cardenal Gomá se estableció en Pamplona incluso después de que Toledo cayese en manos de los militares sublevados, y así mismo el obispo de Girona, Cartanyà; también monseñor Antoniuti cuando llegó enviado del papa. Igualmente el abad de Montserrat, Antoni Marcet, hospedado en el balneario de Belascoain facilitado por el obispo de Pamplona, Olaechea. Otro tanto el P. Carmelo Ballester hasta que fue nombrado obispo de León.

Olaechea prestó su palacio al cardenal Gomá para que este organizase una espectacular celebración del “dia del papa” el 14 de febrero de 1937, celebrando el XV aniversario de la coronación de Pío XI. Gomá venía de Roma y había sido nombrado representante confidencial del papa ante Franco, por lo que la ceremonia citada no cuadraba con dicha confidencialidad, pero a Gomá le importó poco.

En el palacio del obispo pamplonés estuvieron, en tal celebración, las autoridades eclesiásticas, militares y civiles. Sentado Gomá –dice Raguer- en el trono del obispo de Pamplona, “innumerables personalidades desfilaron para hacer un acto de acatamiento al Papa en la persona de su representante confidencial”. La crónica publicada en el Boletín del obispado decía: “Una comisión formada por los señores jefes del Ejército, Comandante Trías y Ordóñez, y por los de milicias, señores Ezcurra por el Requeté y Roca por Falange, trasladáronse al convento de las RR. MM. Josefinas para acompañar a Su Eminencia a palacio […]. En la plazuela revistó a las fuerzas. La banda de música interpretaba en este momento el himno pontificio. En la escalera aguardaban al primado los prelados. Organizose la comitiva yendo primero los Sres. sacerdotes funcionarios de las diversas dependencias de palacio; los señores antes citados, los señores Obispos y el Cardenal, con los cuatro jefes, que hacían escolta de honor al representante del Santo Padre. Pasó por entre dos compactas filas, que cubrían el recorrido desde el vestíbulo hasta el piso superior de palacio. Se oyeron algunos vivas al Papa…”. Y cuando Gomá se sentó en el trono tenía a sus lados a los obispos, a los jefes militares… comenzando un desfile con el Gobernador Militar, Carmelo García Conde, al frente. Mientras tanto los soldados luchaban y morían en los campos de batalla.

Luego vino el almuerzo “íntimo”, dice Raguer, con dos presidencias, en una estaba Gomá y otra por Olaechea, todos ellos rodeados de jefes militares y civiles. Cuando Gomá escribió al Secretario de Estado, Pacelli (futuro Pío XII) del acto, este contestó escuetamente, seguramente considerándolo inapropiado.

Como es sabido, aunque Gomá no aspirase a una dictadura, apoyó al general Franco aún antes de que el papa lo autorizase, como la inmensa mayoría de los obispos españoles. Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona desde 1935, mostró preocupación por los problemas sociales pero a la postre apoyó a los sublevados. En cuanto a Cartanyà, obispo de Girona, era un catalanista poco afecto a cuestiones políticas, pero intentó que Vidal i Barraquer firmase la carta pastoral de apoyo a los sublevados de 1 de julio de 1937.

Marcet, el abad de Montserrat en ese momento, era ante todo un hombre de Iglesia, preocupado por la cultura, pero se atuvo a lo que vio a su alrededor en cuanto a la guerra civil española. En cuanto al monje paulino Carmelo Ballester, no tuvo inconveniente en ser procurador en las Cortes franquistas entre 1943 y 1949 designado directamente por el general Franco.


[1] “La pólvora y el incienso. La Iglesia y la Guerra Civil Española (1936-1939)”, 2001.

domingo, 11 de marzo de 2018

El horror desde cerca



El Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid, muestra el horror de nuestra historia relativamente reciente entre el pasado mes de diciembre y el 17 de junio del presente año. El tren y los zapatos, estos son los dos elementos que la exposición sobre los campos de Auschwitz, y por extensión de todos los campos de exterminio, internamiento, concentración, etc. que llevó a cabo el nazismo, sintetiza de aquella monumental matanza.

Oswiezim es una pequeña población polaca, al sur del país, donde los nazis instalaron los campos para el mayor sufrimiento de judíos y gitanos, sobre todo. La ciudad se remonta al siglo XII como baluarte defensivo en una época de continuas guerras, pero su población era mixta (alemanes y polacos entre otros). Destruida a mediados del siglo XVII, luego quedó bajo dominio del imperio austro-húngaro. Famosa por la fabricación de vodka y otros licores, buena parte de la población vivía, por lo menos desde principios del siglo XX, del trabajo en la fábrica de una familia judía. Ahora Oswiezim es una plácida población a orillas del río Sola, muy cerca de su confluencia con el Vístula.

El lugar fue elegido por los nazis para construir cinco campos de concentración –en realidad de exterminio- y una prisión, de los que fueron liberadas las personas que no habían perecido a finales de enero de 1945, por uno de los ejércitos soviéticos al mando del mariscal Iván Kónev. Allí sufrió cautiverio Primo Levi, escritor que nos ha dejado testimonios espeluznantes de lo que vio y experimentó; pero también hubo gitanos, que llamaron porrajmos al exterminio que sufrió esta etnia a manos de los nazis. Se conservan algunas filmaciones sobre la vida de niños gitanos en un orfanato de la época.

La exposición muestra un buen número de carteles propagandísticos de los nazis en relación al territorio que habría de reconquistarse: no solo donde había mayoría de población alemana, sino aquellas tierras que antes habían sido alemanas y las que se necesitaban para esclavizar al mundo eslavo, judío y gitano. Debemos a Ludwig Neumann, fotógrafo alemán de origen judío, muchas fotografías que ilustran la vida durante el mandato de los nazis. Él mismo estuvo internado en Dachau durante poco tiempo.

En Auschwitz estuvo también Jan Komski, pero con nombre falso. Aunque consiguió escapar en 1942, pocos días después fue capturado, pero ahora con su verdadero nombre, lo que le libró de la muerte. A él debemos dibujos de la vida en los campos: cuerpos descarnados, miradas hundidas, semblantes sin esperanza, tristeza infinita…

En la exposición se ven botes del gas Zyklon B, fabricado con fines criminales por el conjunto de industrias colorantes, luego químicas, conocido como IG Farbenindustrie, del que formó parte la muy “respetable” Bayer, todavía hoy existente. Allí se habla de la conferencia de Wannsee, que preparó la “solución final” a principios de 1942, al suroeste de Berlín. El edificio de tres plantas, sobrio salvo en el centro de la fachada, con la cornisa curvada y dos columnas jónicas, no invita e pensar en tan atroces intenciones.

Pero también se nos habla de quien ha empleado parte de su vida a denunciar los crímenes del nazismo: es el caso, entre otros, de Serge Klarsfeld (su padre sufrió en Auschwitz la monstruosidad nazi). De origen judío y nacido a comienzos del III Reich, su labor de denuncia ha permitido poner al descubierto casos como el de quien llegó a ser Secretario General de la ONU, Kurt Waldheim, pero no solo. También tiene un interés extraordinario el álbum de Karl Hocker, conteniendo más de cien fotografías hechas por su autor durante su estancia en Auschwitz: “cámaras de gas y crematorios en donde diariamente se eliminan miles de vidas ante la pasividad y divertimento de los protagonistas de estas fotografías”. La exposición también muestra las viviendas de los militares al mando de los campos de exterminio, la felicidad de sus hijos, con árboles y piscinas, la pasividad de sus esposas, quizá orgullosas del estatus de sus maridos.

Enaguas, vestidos, batas de médicos asesinos, fotografías de nazis entregados a una causa terrible, gafas de los presos, objetos menudos de adorno o para ungüentos, cucharas, herramientas, una casa de barracón original, alambradas y postes, mil explicaciones, libros, objetos de culto judío, escenas de las costumbres gitanas, músicos para amenizar los pocos momentos de solaz, pero también piezas originales de los hornos crematorios, hierros, látigos…

La exposición, extraordinaria, permite interiorizar, mejor que de ninguna otra manera –como no sea habiendo vivido en aquellos campos de la muerte- lo que fue el holocausto, el régimen nazi, la locura de una población Europea que no podemos estar seguros de que haya aprendido la lección.


domingo, 4 de marzo de 2018

Conspiraciones carlistas



En un libro excelente (1) por la enorme cantidad de documentación utilizada, y por el escrupuloso método histórico empleado, Julio Aróstegui completa con mucho lo ya investigado sobre la participación de los carlistas españoles en la conspiración que llevaría a la guerra civil de 1936.

Apunta el autor citado que los carlistas constituían el único partido con experiencia militar propia debido a las guerras civiles que provocaron en el siglo XIX, pero también por la lenta y laboriosa formación del requeté desde el último cuarto del citado siglo. Las milicias de anarquistas, comunistas, socialistas y falangistas, por poner algunos ejemplos, no eran nada comparadas con la carlista. También se pone de manifiesto –si no estuviese claro ya- que lo único que unía a los que se levantaron contra la II República es acabar con el régimen democrático y social que representaba, independientemente de sus múltiples defectos.

El taimado Franco, que se sumó tarde al levantamiento, era monárquico, pero no así Mola y Cabanellas, mientras que Sanjurjo estaba alineado con el carlismo desde la influencia de un ascendiente suyo e igualmente Varela. Pero todo esto de nada valió porque Sanjurjo, Mola y Cabanellas murieron pronto, sirviendo la guerra para encumbrar a Franco, que puede no tuviese interés en que el golpe triunfase, porque de no haber guerra no se hubiera forjado su poder.

Fal Conde, andaluz que reorganizó el carlismo en su tierra y luego en el resto de España, estuvo en el centro de toda la conspiración, junto con el Ejército, para alzarse contra la República. En contacto por medio de terceros con Sanjurjo (exiliado en Portugal) y con Mola principalmente, quiso imponer un modelo de sublevación en el que el Ejército se sumase al carlismo como ideología para sustentar el régimen que deseaba: antidemocrático, tradicionalista, monárquico y con todos los ingredientes de una dictadura más o menos encubierta. Mola se encargó de deshacer esas pretensiones y siempre tuvo claro que el golpe era del Ejército y para el Ejército, aunque este podía aceptar de buen grado a todos los grupos contrarrevolucionarios que se sumasen, máxime el carlismo, que tenía las mejores milicias paramilitares ya en la preguerra y un espíritu combatiente avalado por todo un siglo de conflictos civiles.

Asombra que la República pudiese soportar las diversas oposiciones que tuvo durante su andadura, tanto desde dentro como desde fuera: al carlismo hay que añadir el fascismo, representado tanto por Falange como por las JONS y el pequeño grupo de Ramiro Ledesma, los seguidores de Calvo Sotelo y la CEDA, sobre todo desde el Parlamento, en contacto con los terratenientes y con el activismo de las Juventudes de Acción Popular. Añadamos lo más granado de la Iglesia, la oligarquía y la indisciplina del Ejército, que se expresó antes de la guerra en el alzamiento chapucero de Sanjurjo en 1932…

Julio Aróstegui señala en su libro que los primeros meses de la guerra fueron de fuerte voluntariado por sectores politizados tanto en un bando como en el otro: comunistas, anarquistas, socialistas, republicanos, fascistas, carlistas, etc. Fueron sus milicias las que dieron a la guerra de 1936 su carácter más genuinamente “civil”, aunque dichas milicias se fueron integrando –con más éxito en el bando sublevado- en las estructuras militares de cada uno de los dos Ejércitos enfrentados.

La conspiración de los carlistas –como otras- consistió en la preparación del golpe mediante el acopio de armas en cantidades que no se pueden cuantificar con exactitud, sobre todo porque algunas remesas nunca llegaron a manos de los solicitantes. Pero es evidente el esfuerzo del pretendiente Carlos Alfonso (desde Viena) y de su sucesor Javier (desde San Juan de Luz), así como de oligarcas que simpatizaban con el carlismo o eran opositores a la República.

Las negociaciones de Fal Conde con Mola fueron de una dificultad extraordinaria, sobre todo porque ambas partes no cedían en sus pretensiones sobre el protagonismo y eje del golpe y del régimen por venir. Hasta que solo unos días antes del 18 de julio Mola consiguió la adhesión sin miramientos del carlismo navarro, el más importante de todos, que traicionó a sus propias autoridades nacionales (pretendiente y Fal). Los carlistas navarros participaron en los primeros meses de guerra en el avance hacia Guipúzcoa, Aragón y el norte de Castilla, no quedando al resto del carlismo nacional más remedio que sumarse sin condiciones al golpe. Fal quiso crear una Academia Militar Carlista, pero las autoridades militares no lo autorizaron, lo que fue el factor, quizá, de que se exiliase en Portugal. El combativo Fal se pasó la guerra en el país vecino, aunque de haberlo querido detener, no le hubiese costado mucho trabajo a los jefes militares rebeldes.

Fal, sin embargo, fue coherente no aceptando altos cargos de responsabilidad en el régimen de Franco finalizada la guerra, lo que sí hizo el conde de Rodezno, convirtiéndose así en un burócrata al servicio del fascismo español. Rodezno ya había aceptado el Decreto de Unificación de Falange y de las JONS con el carlismo en abril de 1937, lo que desdibujaría durante todo el régimen a esos “legitimistas” tan testarudos durante un siglo.

Aróstegui aporta el dato de que los carlistas en armas (requeté) representaron aproximadamente un tercio de los que combatieron en nombre de Falange, pero esta tuvo algo con lo que no contó el carlismo: un aluvión de adhesiones de republicanos, izquierdistas o simples sospechosos que deseaban lavar su pasado presentándose como falangistas convencidos. Los de la primera hora, “los camisas viejas” (aunque no existían como tales con anterioridad a 1933) quedaron en minoría ante el alud de afiliaciones interesadas. Al fin y al cabo, carlistas y fascistas españoles aceptaron que el poder volviese a la oligarquía que había sido apartada del mismo durante buena parte del régimen republicano. A tenor de sus proclamas, no eran esas sus iniciales intenciones.

(1) "Combatientes requetés en la guerra...".

domingo, 21 de enero de 2018

El "Cabo Carvoeiro"



Si tenemos en cuenta los datos que aportan las diversas investigaciones sobre las muertes políticas producidas durante los cinco años en paz de la II República española, la cifra sería de unas 2.500, pues solo como consecuencia de la insurrección en octubre de 1934, en Asturias los militares Doval y Yagüe masacraron a casi dos mil civiles. Cierto que algunos de estos se habían alzado contra un gobierno que había dado entrada en el mismo a miembros de la CEDA, identificada entonces por la izquierda con el fascismo.

Pero el resto, más de quinientas personas de todas las condiciones, pero sobre todo trabajadores, es un número espeluznante. Entre los asesinados hubo guardias civiles, pues la institución a la que pertenecían se empeñó en una represión cruelísima contra los huelguistas y en defensa de los intereses de la oligarquía terrateniente en el sur de España. Da la impresión de que la Guardia Civil estuvo fuera del control del gobierno de turno, pues no hay período de la II República en el que no fuese protagonista de asesinatos que, en la mayoría de los casos, quedaron impunes.

Los latifundistas estaban armados, sobre todo desde 1933, algunas milicias izquierdistas también, había matones al servicio de patrones y terratenientes, sobre todo en la mitad sur de España, los enfrentamientos entre socialistas, anarquistas, comunistas y falangistas (desde 1933) a los que hay que unir las juventudes de la CEDA y los seguidores de Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma, además de los carlistas y otros sin adscripción política, procedentes del mundo de la delincuencia y el crimen sin más, jalonaron, sobre todo, el período que va desde 1933 hasta 1936, antes de que dé comienzo la guerra civil y los españoles se entreguen a un festín de sangre.

En Sevilla se utilizó el vapor “Cabo Carvoeiro”, propiedad de la familia Ybarra, para prisión donde se hacinaban diariamente unos 500 presos, según “eldiario.es”, muchos de los cuales fueron asesinados a manos del ejército sublevado en una “orgía de ejecuciones”, según el mismo diario. Las bodegas del “Cabo Carvoeiro” fueron un solo ejemplo de los muchos lugares donde los sublevados improvisaron prisiones para matar sin juicio previo, “sin formación de causa”. Del barco eran sacados los desgraciados para ser fusilados en las tapias del cementerio.

Según los cálculos hechos por diversas organizaciones e historiadores, 60.000 asesinados yacen sepultos en más de 600 fosas comunes solo en Andalucía. Como contrapunto, también los republicanos cometieron atrocidades, pero con la diferencia de que estas no fueron iniciativa de las autoridades, sino de la ira popular. En el bando sublevado se cumplieron con rigor las órdenes dadas por el general Mola en instrucciones que son bien conocidas porque están publicadas, y hubo militares, guardias civiles y otros que las llevaron a cabo como si sintieran placer en ello, destacando personajes como Castejón, Yagüe y Queipo de Llano. 

(Arriba, el cabo Carvoeiro, en Peniche, Portugal, solo tiene en común con el barco de la muerte el nombre).

miércoles, 10 de enero de 2018

Militares de extrema derecha

¿Qué relación existió entre la extrema derecha militar española y la civil? ¿Qué relaciones hubo entre las Fuerzas Armadas y la extrema derecha españolas? A estas preguntas da respuesta Carlos Navajas en su obra “La salvaguardia de lo permanente. Las extremas derechas militares en la España del siglo XX" . El autor señala que el ejército español siempre se consideró con autonomía sobre el poder civil, entendido en su conjunto, pues hubo militares de muy diversas formas de pensar y actuar. Un ejército siempre dispuesto a intervenir en la vida pública como garantía de la seguridad nacional, según los militares más conservadores.

Los militares ultraderechistas fueron, a su vez, militaristas; sus ideas corporativas fueron meramente instrumentales y ellos nunca neutrales políticamente. En el siglo XIX –dice el autor citado- hubo militares militaristas pero liberales, y pone en duda la idea de la tradición liberal del ejército español en dicha centuria. Azaña escribió que “el hecho de que los militares españoles se hayan pasado el siglo XIX promoviendo conspiraciones y pronunciamientos, no es prueba de liberalismo, sino de caudillaje e indisciplina, enemigos de un Estado normal, y, en definitva, los peores enemigos de la libertad civil y de la igualdad”.

Solo con Primo –dice Carlos Navajas - cabe hablar de extrema derecha militarista, aunque Paul Preston cree que también existió con anterioridad, sobre todo en el ejército de Tierra. La pluralidad ideológica durante la dictadura de Primo en el ejército fue un hecho, contrariamente a lo ocurrido durante el régimen franquista, donde los militares demócratas representaron un número insignificante y se corresponden con los años finales de la dictadura. Sin embargo cabe matizarse esto a partir de la década de 1960, probablemente al abrirse España a la economía europea y americana y recibir el ejército influencias del exterior.

En general puede decirse que los militares españoles del siglo XX fueron enemigos de la partitocracia, concibieron la patria con connotaciones religiosas y la consideraron equivalente a la nación. La Historia, para estos militares conservadores y/o ultraderechistas era concebida como adoctrinamiento y el ejército y la patria se identificaban. Estos militares eran antiseparatistas, anticomunistas y, curiosamente, la mayoría no eran monarquistas (sic). Los ultraconservadores fueron antiliberales y, por lo tanto, antidemócratas.

Algunos de los diarios políticos de los militares eran “El Ejército Español”, “La Correspondencia Militar” y “Ejército y Armada”, siendo la tirada máxima de 8.380 ejemplares (“La Correspondencia Militar”). Los dos primeros se fusionaron en 1928 y de su lectura se deduce que los militares conservadores equiparaban al liberalismo con gobiernos débiles, la libertad con libertinaje; estos militares eran contrarios al parlamentarismo, partidarios del ultranacionalismo, simpatizantes con ciertas características del fascismo y muy corporativos. El pacifismo socialista, en fin, era interpretado como antimilitar.

La ideología militar conservadora condenó el parlamentarismo oligárquico liberal de la Restauración y no excluía una dictadura transitoria que acabase con el caciquismo. Había militares en esta ideología que simpatizaban con el socialismo moderado y con el fascismo (?). La Unión Patriótica asignó a los militares “una función vigilante sobre la evolución de la vida política y social” y en el manifiesto de presentación de 1939 del Partido Nacionalista Español de José María Albiñana se encomendaba al ejército “la función de garantizar la unidad territorial de España y la estabilidad del sistema político”.

La proclamación de la II República no trajo consigo una agitación política apreciable en el Ejército y de los 58 jefes y oficiales que estaban desempeñando cargos políticos importantes, 44 se retiraron acogiéndose al Decreto “de retiros” azañista. Un ejemplo es el de Emilio Rodríguez Tarduchy, redactor jefe la “La Voz de Castilla” entre 1910 y 1921 y miembro de las Juntas de Defensa, perteneció a la Unión Patriótica y se retiró del Ejército tras la proclamación de la II República. Fue director de “La Correspondencia Militar” y de “La Correspondencia” (este periódico sucesor del otro) ingresando en 1933 en Falange, año en el que también partició en la fundación de la candestina Unión Militar Española. Conspirador tras la guerra pero más tarde procurador en Cortes entre 1951 y 1964.

lunes, 8 de enero de 2018

El manejo de las conciencias



Escuela franquista

El 10 de enero de 2008 publicó “El País” un artículo del historiador Hilari Raguer sobre los libros “Catecismo patriótico”, obra de Menéndez-Reigada y “España es mi madre” de Enrique Herrera Oria. Estas dos obras –dice Raguer- se publicaron durante la guerra civil de 1936, y perseguían el objetivo de inculcar a los niños españoles, como si fuera un dogma de fe, un patriotismo español identificado con el Caudillo y su régimen fascista.

Los hermanos dominicos Menéndez-Reigada (entonces obispo de Tenerife y futuro obispo de Córdoba) y fray Ignacio (muy introducido en la casa civil del general Franco) fueron seguramente coautores del “Catecismo patriótico”, donde se dice que “hay que creer en España” e identifica la patria con Franco, “el hombre providencial, puesto por Dios para levantar España”. En cuanto al nuevo Estado naciente (sigue diciendo Raguer), el libro justifica la denominación de totalitario, pero “totalitario cristiano”. Los partidos políticos “son creaciones artificiales del régimen parlamentario para dividir, inutilizar y explotar a la nación…”.

En cuanto a Enrique Herrera Oria (hermano de Ángel) fue un declarado fascista: presumía de haber orientado políticamente a Onésimo Redondo, antiguo alumno suyo en el colegio jesuítico de Valladolid. Dionisio Ridruejo dijo de él que “era un hombre limitado e incluso pueril [e hizo] retroceder nuestra vida cultural a los niveles de la época de Calomarde”.

Enrique Herrera escribió en “Razón y Fe” que “mientras los soldados de la auténtica España luchan denodadamente en las trincheras para salvar la civilización cristiana, amenazada por los ejércitos a las órdenes de Moscú, el ministro de Educación Nacional, don Pedro Sainz Rodríguez, se ha preocupado de la reconstrucción espiritual de la Nueva España”. El autor pone en relación la reforma de la enseñanza media no solo con la campaña militar, sino también con otra campaña que Sainz Rodríguez desarrolló en la retaguardia: “la depuración de maestros y profesores, el exterminio de los centros del Estado del virus marxista criminalmente inoculado durante los años de la nefasta República masónico-bolchevique”. Añadió luego que la grandeza del Imperio británico no fue consecuencia de su marina de guerra sino de la importancia de Oxford y Cambridge.

“Muchacho español que me lees” –dice en la obra citada Herrera- te voy a contar algo grande, muy grande, quizá la más grande hazaña de los españoles: la guerra contra los rojos”. Y se extiende en los méritos de Franco en África (si tener en cuenta la crueldad allí desatada) y el papel providencial que le correspondió en España. Es el mito del Caudillo inculcado a las nuevas generaciones.

El sofisma de esta obra es el mismo del “Catecismo patriótico español”: con la ayuda de una historia falseada, Herrera contrapone dos Españas y así es como pretendió enseñar a los niños españoles. No es difícil imaginar –dice Raguer- la suerte que hubiera corrido el maestro o la maestra que, alegando objeción de conciencia, se hubiera negado a impatir aquella educación para la ciudadanía franquista…

viernes, 5 de enero de 2018

Un libro de Paul Preston (1)

Tumbas de Paracuellos (Madrid)


Durante la guerra civil española de 1936 –dice el historiador citado- cerca de 200.000 hombres y mujeres fueron asesinados lejos del frente y al menos 300.000 perdieron la vida en el campo de batalla. Un número desconocido fueron víctimas de bombardeos y éxodos que les siguieron y, tras la victoria definitiva de los rebeldes, alrededor de 20.000 personas fueron ejecutadas. Muchos más murieron de hambre y por enfermedades en las prisiones y en los campos de concentración; otros sucumbieron a las condiciones esclavistas de los batallones de trabajo. A más de medio millón de refugiados no les quedó más remedio que el exilio y muchos perecieron en los campos de internamiento franceses, mientras que varios miles acabaron en los campos de exterminio nazis.

La represión en la retaguardia se dio tanto en zona rebelde como republicana, aunque fue muy distinta en una y en otra: la instrucción número 1 del general Mola habló de violencia fulminante e intransigente, aplicándose el terror ejemplar que los militares africanistas habían aprendido en Marruecos, además del ejercido por los mercenarios marroquíes, los Regulares. En el diario de guerra de Franco, en 1922, se habla de decapitaciones y el citado militar dirigió a 12 legionarios en un ataque del que volvieron ondeando en sus bayonetas las cabezas de otros tantos harqueños (2) a modo de trofeo. La mutilación y decapitación de prisioneros eran prácticas frecuentes, hasta el punto de que cuando el general Primo de Rivera visitó Marruecos en 1926, un batallón de la Legión aguardó la inspección con cabezas clavadas en las bayonetas. El terror del Ejército africano se desplegó también en la Península desde 1936.

La represión llevada a cabo por los militares rebeldes fue minuciosamente planificada, mientras que la de los republicanos fue más impulsiva, espontánea, y se intensificó a medida que las noticias sobre la otra represión era conocida. El desmoronamiento de las estructuras de la ley y el orden dio origen a una venganza ciega y secular; la criminalidad irresponsable fue un hecho en zona republicana. La hostilidad se fue recrudeciendo en los dos bandos conforme avanzó la guerra, pero el odio operó desde el principio con la sublevación del Ejército en Ceuta y en el Cuartel de la Montaña (Madrid). Las fuerzas africanistas de Franco han recibido el nombre de “Columna de la Muerte” por los crímenes cometidos en su recorrido desde Sevilla hasta Madrid.

Allí donde el campesinado sin tierra era mayoría (Huelva, Sevilla, Cádiz, Málaga y Córdoba) los militares sublevados impusieron el reino del terror; Queipo de Llano contó, para ello, con la ayuda de los terratenientes. En regiones conservadoras como Navarra, Galicia, León y Castilla la Vieja, bajo jurisdicción del general Mola, la represión fue desproporcionada si tenemos en cuenta que la oposición izquierdista fue menor. La extrema izquierda se empeñó en otra represión brutal, como se comprueba en los casos de Barcelona y Madrid, particularmente contra el clero, pero esta represión no fue dirigida por las autoridades republicanas, sino que tuvo lugar a su pesar, estando demostrado el esfuerzo para que no se cometieran desmanes del tipo que aquí se tratan. Queda, no obstante, el caso de Paracuellos del Jarama (muy cerca de Madrid), cuando ya el Gobierno republicano se había desplazado a Valencia y la capital estaba dirigida por una Junta militar: aquí el problema es que los más de 2.500 asesinados lo fueron durante un mes. ¿No hubo información durante este tiempo para detener la matanza?

La República se defendió de la “quinta columna” y tubo que combatir la violencia de los anarquistas y del POUM, un partido comunista pero antiestalinista. Los rebeldes, por su parte, invirtieron en terror, según palabras de Preston, siendo su método “eliminar sin escrúpulos ni vacilaciones a todos los que no piensen como nosotros” (general Mola). Las víctimas de los sublevados, en particular, fueron maestros, masones, liberales, intelectuales y sindicalistas. Por el interés de las autoridades republicanas en identificar a las víctimas y luego el Estado franquista, el número de estas en la zona republicana se conoce con precisión: 49.272. No ocurre lo mismo en la zona dominada por los sublevados, pues se han perdido archivos de Falange, de la Policía, de las cárceles y de los Gobiernos Civiles. Tras la victoria, las autoridades se deshicieron de los registros “judiciales” de la represión, tratándose de juicios que duraban unos minutos y sin defensa para el acusado; hubo ejecuciones “sin formación de causa”.

También hubo muertos que no fueron registrados, miles de refugiados en Andalucía que murieron en el éxodo tras la caída de Málaga en 1937 y los refugiados en Barcelona procedentes de otras partes de España en 1939. Hubo suicidios entre los que esperaban para ser evacuados en varios puertos del Mediterráneo. En total se ha calculado que las víctimas de los sublevados son 130.199. En algunas provincias para las que existen estudios específicos los datos son los que siguen:

Provincia
Víctimas de los sublevados
Víctimas de los republicanos
Badajoz
  8.914
1.437
Sevilla
12.507
   447
Cádiz
  3.071
     97
Huelva
  6.019
   101

Las matanzas de los rebeldes en Navarra fueron de 3.280 personas y en Logroño de 1.977. Por su parte, la represión mayor de los republicanos se dio en provincias como Alicante, Girona y Teruel en proporción a sus poblaciones absolutas. El caso de Madrid fue excepcional, donde el número de víctimas causadas por republicanos triplicó al de los sublevados, pero el dato se basa solo en los que fueron asesinados y enterrados en el cementerio de la Almudena. Toledo, el sur de Zaragoza, desde Teruel hasta el oeste de Tarragona, zona controlada por los anarquistas, muestran asesinatos numerosos a manos de los republicanos. En Toledo fueron asesinados 3.152 derechistas, el 10% de los cuales pertenecientes al clero. En Cuenta 516, de los cuales 36 eran sacerdotes; en Cataluña fueron asesinados 8.360 según pudo comprobar el juez Bertran de Quintana.

La “Causa General”, estudio que el general Franco mandó realizar en 1940 para demostrar los crímenes cometidos por los republicanos, arrojó una cifra para toda España de 85.940, pero el dato no es fiable porque no se obtuvo con las garantías necesarias.

La represión de las mujeres fue mucho mayor en la zona de los sublevados: asesinatos, torturas, violaciones, cárcel, secuelas que permanecieron durante años o toda la vida; se les rapó el pelo a las mujeres consideradas merecedoras de ello con intención de ofenderlas. En la zona republicana se cometieron abusos sexuales sobre una docena de monjas y sufrieron la muerte 296 religiosas (el 1,3% del total de España).

El odio entre españoles, basado en la resistencia de unos a las reformas que trajeran un justo reparto de la riqueza, y la reacción de otros a las injusticias seculares que habían padecido, se muestra en las páginas de “El Debate” (días 7 y 9 de mayo de 1931) bastante antes de dar comienzo la guerra civil: “la batalla social [se decía] que se libra en nuestro tiempo… ello no se ha de decidir en un solo combate; es una guerra, y larga, la desencadenada en España”.

El autor dedica una de las partes del libro a explicar los orígenes del odio: “Un terrateniente –dice- de la provincia de Salamanca, según su propia versión, al recibir noticia del alzamiento militar en Marruecos en julio de 1936 ordenó a sus braceros que formaran en fila, seleccionó a seis de ellos y los fusiló para que los demás escarmentaran. Era Gonzalo de Aguilera y Munro, oficial retirado del Ejército, y así se lo contó al menos a dos personas en el curso de la Guerra Civil. Su finca, conocida como la Dehesa del Carrascal de Sanchiricones, se encontraba entre Vecinos y Matilla de los Caños, dos localidades situadas… al sudoeste de Salamanca”. Es un caso aislado, pero ilustrativo de un odio que se manifestó con toda su crudeza en los años anteriores a la guerra, durante esta y con posterioridad. 

(1) "El holocausto español".  
(2) Rebeldes marroquíes en acciones gueerreras.